Pablo Hiriart recoge en Kosovo el testimonio de Fadil Muqolli, sobreviviente de una masacre que revela la devastación del nacionalismo y la amenaza que aún representa para Europa.
Poklek, Kosovo.- La barbarie nacionalista llegó a esta aldea de los Balcanes a las seis de la mañana del 17 de abril de 1999 cuando los blindados y la infantería serbia la cercaron para masacrar hasta el último habitante, mientras Fadil Muqolli se agazapó en los matorrales del monte y vio cómo mataron a su padre, a su esposa y a sus cuatro hijos.
Fadil me enseña la que fue su casa, que conserva como un pequeño santuario donde fueron encerradas 53 personas, 23 de ellas niños de seis meses hasta 14 años, y asesinados en la limpieza étnica que ordenó el líder serbio Slobodan Milosevic.

La brisa y el silencio junto a la casa donde ocurrió la masacre hace apenas 26 años nos hacen dimensionar hasta dónde pueden llegar los discursos identitarios del populismo europeo que encabezan Vladímir Putin, Marine Le Pen y Víktor Orban.
Aquí en los Balcanes fue el primer golpe a la regla de que las fronteras no pueden modificarse por la fuerza, y se dio un paso para legitimar la violencia en nombre de la identidad. Estados Unidos, entonces líder de los valores de Occidente, paró el genocidio.
Ahora, sin líder y con Europa en decadencia, la suerte de una era con derechos humanos, democracia y legalidad internacional, está en el aire.
-Después de 26 años y ya con su país independiente, ¿la herida está cerrada, Falil?
-No, no, la herida no está cerrada porque no hay justicia internacional ni arrepentimiento del gobierno serbio. En Kosovo hay 20 mil mujeres que fueron violadas por los soldados de Serbia y no se ha hecho justicia. La herida no está cerrada –dice mientras apaga con calma otro de los incontables cigarrillos que fumó durante el recorrido.
“Yo había dormido en casa de unos familiares en la otra aldea y desperté con los disparos al aire de los serbios. Corrí a mi casa y vi bajar de los cerros a los soldados. También venían tanques. Llovía muy fuerte esa mañana y me tendí en los matorrales (a unos 400 metros de aquí). Vi que mi papá salió al patio y lo mataron de un tiro. Con él salió (el poeta) Ymer Elshani. También mataron a Ymer”.
Con los disparos de las metralletas “hicieron entrar a este cuarto (donde nos encontramos) a 53 civiles albaneses (de origen albanés). Ahí estaban mi esposa y mis cuatro hijos. Primero les echaron una granada y después ráfagas de metralleta. Luego quemaron tres veces los cuerpos. Yo lo vi todo”, me dijo.

Así fue la limpieza étnica del nacionalista Milosevic.
-¿Y por qué no intervino? –atiné a preguntar, aún conmovido por el relato, por el significado de las pausas y las lágrimas contenidas en sus grandes ojos de hombre mayor. Nunca lloró ni permitió que se le quebrara la voz.
-Si hubiera tenido la oportunidad, habría matado a todos los serbios uniformados, pero no la tuve. Eso era muy desigual… Después de 11 días pude bajar, junto con seis amigos que sobrevivieron. Era de noche. Entré por la puerta del sótano y al pisar pensé que se había metido el agua. Sentía como lodo. Iluminamos con la batería de un coche, y no era agua, sino la sangre que se había pasado del piso de arriba, donde los mataron…
-¿Y qué hizo?
-Tomamos los huesos carbonizados y los pusimos en bolsas. Luego los llevamos al bosque, los escondimos ahí hasta que terminó la guerra. Y ya al terminar la guerra los enterramos en una fosa común –respondió y me enseñó las fotos de su esposa y de sus hijos, enmarcadas en la pared de un cuarto en el segundo piso.
Ahí están los rostros infantiles de sus hijos Shehide, de 14 años, el día de su asesinato. Nasser, de 13. Ylber, de 10. Egzon, de cuatro años.
Veo los cuadernos de la escuela, los apuntes y dibujos. Sus mochilas de estudiantes. Sus ropas pequeñas colgadas en un tendedero interior.
Fadil se planta en esta habitación cargada de nostalgias vivas como quien espera a sus hijos de regreso del colegio. Me mira fijo, serio, en medio del silencio. Lo abrazo y corresponde con fuerza.

Sólo una vez sonrió durante el encuentro, ya camino al coche, cuando pregunto sobre el papel de Estados Unidos en la guerra de Kosovo:
“Si no existiera Estados Unidos, nosotros tampoco existiríamos”, dice.
Aseguró después, con frialdad: “Una nación sin nacionalismo no existe. Nacionalismo en sentido positivo. Sin embargo, el nacionalismo serbio se asemeja a las bestias salvajes. Ese nacionalismo se alimenta de la vida y la sangre de otras naciones”.
Valon, el antropólogo que me acompaña, traduce y guía, interviene: “Tras el colapso de Yugoslavia, el nacionalismo en los Balcanes cambió muchas cosas. Trajo consigo guerras, limpieza étnica, masacres y genocidio. Serbia, con su nacionalismo, desató estas guerras y no se ha disculpado por los crímenes cometidos”.
Cruzamos la aldea, que ya es una pequeña villa de mil 100 habitantes, con casas sencillas, pero seminuevas y de bonita arquitectura. Se construyeron, como casi todo en este país que fue arrasado, con fondos de la Unión Europea, del gobierno y del sector privado. De la aldea de hace 26 años sólo queda la casa que Fadil transformó en memorial, o museo.
Con Valon enfilamos hacia la capital, Pristina, ubicada a 30 kilómetros de aquí, donde ocurrió el genocidio de los albano-kosovares, que cerró un siglo trágico, el XX.
Pero antes nos detendremos en el Campo de Los Mirlos –hoy llamado campo de Kosovo–, donde en 1389 se dio la gran batalla de los pueblos de esta cordillera contra las tropas del sultán Murat, del imperio Otomano, que resultaron vencedoras e inició la fatalidad que aún no cesa en los Balcanes.
La venganza a lo ocurrido en el Campo de Los Mirlos en 1389 llegó 600 años después, en Pristina, donde nos encontraremos el próximo martes.