El círculo parece estrecharse sobre el primer ministro británico, Keir StarmerLa dimisión del su máximo asesor, Morgan McSweeney, no parece haber calmado la tormenta acerca del nombramiento de Peter Mandelson como embajador en Estados Unidos a pesar de su relación profesional con Jeffrey Epstein, el proxeneta de la élite mundial, involucrado no sólo en tráfico de mujeres, sino también de menores.

Así que esta mañana ha caído otra cabeza de peso en Downing Street, que es la residencia oficial del jefe del Gobierno: la del director de Comunicación, Tim Allan. El golpe político para Starmer es considerable, porque demuestra que el sacrificio de McSweeney no hay sido suficiente. El ya ex mano derecha del primer ministro justificó su decisión diciendo que “asumo la plena responsabilidad” del nombramiento de Mandelson. Ahora, la salida de Allan demuestra que Starmer se está quedando solo.

Y, como suele ser habitual en las crisis de Gobierno británicas, el enemigo del primer ministro no es la oposición, sino las propias tendencias caníbales de sus propios correligionarios. Con una mayoría parlamentaria histórica, Starmer no tendría el menor problema en poner firme a su partido si en la democracia británica se estilara la disciplina de voto estalinista a la manera española o como ha impuesto Donald Trump en el antaño caótico Partido Republicano de Estados Unidos.

Pero no es así. Y la consecuencia es que este lunes, a las 20:00 horas peninsular española, el jefe del Gobierno tiene una reunión con el grupo parlamentario laborista en la que gran parte de los miembros de la Cámara de los Comunes de esa formación van a pedir su cabeza. Simultáneamente, los miembros del gabinete ya han empezado a filtrar a los medios de comunicación, en la más pura tradicional británica, cargas de profundidad contra Starmer. Según la agencia de noticias Bloomberg, un miembro del equipo de Starmer ha declarado que el primer ministro tiene “un 50% de posibilidades” de no acabar la semana en Downing Street.

Lo más paradójico es que Mandelson no ha participado en ninguna de las actividades delictivas o éticamente censurables de Epstein. Tan solo se limitó a mantener una relación profesional estrecha con el financiero y traficante de mujeres, que incluyó trabajos de lobby en favor de los bancos estadounidenses en el Reino Unido. Si se aplicaran esos criterios en Estados Unidos, Silicon Valley, Wall Street, la Casa Blanca y el Departamento de Comercio quedarían vacíos.

Para el Partido Laborista, en el poder, la posible salida de Starmer es emocionalmente un festival, pero estratégicamente un elemento de complejidad. La alegría festivalera se debe a la formidable capacidad del primer ministro de enfadar a todo el mundo, con una personalidad que combina la arrogancia, la frialdad, y la ausencia de empatía con el votante y los miembros del Parlamento, todo ello combinado con la misma flexibilidad que una barra de acero forjado. Esa nula capacidad de conexión se ha sumado a una política pragmática, en el estilo de Tony Blair, que ha enfurecido a la ultramontana izquierda laborista. Pero probablemente Starmer hubiera logrado más aceptación de haberse molestado en explicar sus decisiones a la opinión pública y a sus correligionarios.

El problema para los laboristas es que la crisis de Gobierno llega con cuatro meses de antelación. La razón es que el partido va a ser pulverizado en las elecciones locales de mayo, y era entonces, con la sombra de la derrota, cuando se suponía que Starmer no iba a ser capaz de resistir en el cargo. La certeza era tan grande que las organizaciones que celebran eventos en Londres en verano están dudando acerca de si enviar invitaciones al primer ministro, porque saben que en julio o agosto otra persona ocupará su cargo.

Así, si alguien reemplaza a Starmer -posiblemente, su ex viceprimera ministra, Angela Rayner, su ministro de Sanidad, Wes Streeting, o, tal vez, el de Medio Ambiente, Ed Miliband– se encontrará con que va a llevar al partido a un fracaso electoral irreversible en mayo. Y, aunque siempre pueda echar la culpa a Starmer, empezar con una catástrofe en las urnas no es la mejor forma de iniciar un Gobierno.