Lo verdaderamente nuevo no es que el país crezca poco: es que perdieron potencia, uno tras otro, los motores regionales que evitaban que se detuviera por completo.
Durante casi dos décadas, Aguascalientes estuvo entre las economías estatales más dinámicas de México: creció a un ritmo de 4.1 por ciento anual entre 2000 y 2018, apenas por debajo de Quintana Roo, con 4.2 por ciento. Desde entonces, prácticamente dejó de crecer: apenas 0.2 por ciento al año hasta 2025.
La comparación surge del Indicador Trimestral de la Actividad Económica Estatal (ITAEE) del INEGI. Si se contrastan los 18 años de 2000 a 2018 con los siete que van de 2018 a 2025, aparecen dos perfiles de crecimiento muy distintos y un freno general.
La mediana de las 32 entidades pasó de 1.9 por ciento anual en el primer periodo –nada para celebrar– a apenas 0.7 por ciento en el segundo. Veintisiete estados registraron un crecimiento menor que antes y cuatro terminaron 2025 incluso por debajo de su nivel de actividad de 2018.
Pero lo más revelador no es solo la magnitud del freno, sino dónde ocurrió: precisamente en varios de los motores del México posterior al TLCAN.
Quintana Roo pasó de crecer 4.2 por ciento anual a contraerse 0.9 por ciento, una caída de más de cinco puntos en su ritmo. Aguascalientes bajó de 4.1 a 0.2 por ciento; Baja California Sur, de 3.7 a 0.4; Coahuila, de 2.2 a una contracción de 1.0; Querétaro, de 2.9 a 0.3; San Luis Potosí, de 3.3 a 0.8, y Guanajuato, de 3.0 a 0.8 por ciento.
Ahí están algunos de los pilares del modelo exportador y turístico: el corredor automotriz del Bajío, parte de la frontera manufacturera y dos grandes polos de playa. No se detuvieron en el mismo trimestre, pero todos perdieron fuerza en el mismo periodo.
¿Y el nearshoring? Nuevo León, su presunto gran ganador, creció 1.3 por ciento anual desde 2018, aproximadamente la mitad de su ritmo previo. Ni siquiera la Ciudad de México, que resistió mejor que la mediana, alcanzó el modesto crecimiento que traía antes de 2018.
Solo cinco entidades crecieron más en los últimos siete años que en los 18 anteriores: Oaxaca, Tabasco, Chiapas, Hidalgo y, por un margen mínimo, Baja California. Las tres primeras partían de ritmos muy bajos, de entre 0.4 y 0.8 por ciento anual.
Su aceleración coincidió con una concentración excepcional de obra pública: Dos Bocas, el Corredor Interoceánico y el Tren Maya, entre otros proyectos. Es razonable pensar que la inversión estatal alteró esos ritmos, pero el ITAEE por sí solo no permite atribuirle todo el cambio ni asegurar que el impulso sea duradero.
En la serie desestacionalizada, el avance acumulado fue importante: entre 2018 y 2025 la actividad aumentó 21.6 por ciento en Tabasco y 20.9 por ciento en Oaxaca. Chiapas creció 11.8 por ciento. El contraste es Campeche, arrastrado por el declive petrolero: perdió 4.5 por ciento anual desde 2018 y fue la única entidad que se contrajo en ambos periodos.
Eso tampoco demuestra una convergencia del sur hacia los niveles de vida del norte. El ITAEE mide actividad económica total, no ingreso por habitante. Lo que sí muestra es una convergencia de ritmos hacia el bajo crecimiento.
Hay un dato que resume el primer cuarto de siglo mejor que cualquier otro: ningún estado mexicano logró promediar siquiera 3.1 por ciento anual entre 2000 y 2025. El más cercano fue Aguascalientes, con 3.0 por ciento. Después de 25 años, ni una sola entidad consiguió sostener un crecimiento claramente alto durante todo el periodo.
Ese techo debería estar en el centro del debate económico nacional. Ni el dinamismo exportador de las primeras décadas ni el auge reciente de los megaproyectos produjeron, al mirar el cuarto de siglo completo, un solo caso de crecimiento alto y sostenido. La pregunta obligada es qué política puede lograrlo.
Los requisitos son conocidos: certidumbre jurídica para la inversión privada, electricidad suficiente, agua, seguridad e infraestructura logística. Lo que ha faltado es atenderlos de manera simultánea y sostenida, no solo como política nacional, sino también en sus dimensiones estatales y locales.
El asunto es urgente por una razón adicional. La desaceleración del Bajío y de Coahuila coincide, en buena medida, con la debilidad de la industria automotriz. Los aranceles de la Sección 232 que Estados Unidos mantiene sobre automóviles y autopartes amenazan con profundizarla, justo cuando el sureste debe demostrar que su aceleración puede sostenerse, lo que no se ve claro, y las negociaciones de la revisión del T-MEC continúan.
México lleva 25 años a media máquina. Lo verdaderamente nuevo no es que el país crezca poco: es que perdieron potencia, uno tras otro, los motores regionales que evitaban que se detuviera por completo.
Volver a encenderlos y construir otros es la tarea económica central de lo que resta de esta década.


