La última semana fue incómoda –para decir lo menos– para el expresidente Andrés Manuel López Obrador: comenzó con la jugada estratégica de su hijo Andy de reventar en medios una carta de provocación y de ruptura con el Gobierno de Estados Unidos y terminó con los elogios superlativos del director de la DEA a favor del secretario mexicano de Seguridad, Omar García Harfuch.

Estos dos hechos deben tener una decepcionante lectura política en el Palacio de Invierno de Palenque, pero bien planteados abrieron –en el lenguaje bien conocido de los procesos judiciales americanos– una ventana de oportunidades para el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo porque cerraron el ciclo de malos entendidos en materia de política de seguridad y dejaron entrever en la Casa Blanca el regreso de México a la cooperación binacional para convertir como objetivo concreto al narcotráfico.

Todos los datos indican que López Obrador esperaba que EU solicitara –por las razones que fueran– el arresto con fines de extradición de Andy López Beltrán, y este dato de percepción habría de justificar el tono agresivo de la carta de Andy contra Trump, diferente a la anterior de López Obrador que extrañaba al primer Trump con el que había hecho algunos acuerdos que beneficiaron a los dos países.

Pero Washington no dio un paso adicional en el caso de revelaciones contra el narcopolíticos mexicanos, estratégicamente todo habría quedado en un amago de versiones no confirmadas y López Obrador y López Beltrán habían sido obligados adelantar sus cartas y quemar sus municiones antes de tiempo. El amago de EU y la carta de Andy dejaron atrapada a la presidenta Sheinbaum en un juego poder interno en el que aún fue muy obvio el repliegue paulatino del Gobierno de México en su estrategia de defender a López Beltrán. Y como para medir la temperatura de la olla exprés, la estrategia de EU chamuscó maniobras de apoyo a López Beltrán que se ahogaron en la falta de una ofensiva publica más agresiva.

Sólo hubo apoyos de algunos legisladores y políticos de Morena, los gobernadores del partido en el poder entre los cuales había varios que en los hechos les cancelaron la visa estadounidense y pocos influyentes cuadros lopezobradoristas.

La siguiente jugada de Estados Unidos fue, en términos estratégicos, genial: potenciar el valor político público de la reunión sobre seguridad continental en Argentina, prácticamente obligar a México a desplazar a su secretario de Seguridad como orador central y sorprender a la opinión pública con el discurso del director de la DEA, Terry Cole, una agencia que había sido maldecida, castigada y humillada por el presidente López Obrador, la misma agencia a la que le fueron cerradas las puertas para operativos antinarcóticos y en los hechos a anunciar desde Buenos Aires su regreso a territorio mexicano con operaciones conjuntas mucho más allá de las reglas estrictas que López Obrador y su entonces canciller Marcelo Ebrard Casaubon establecieron para prácticamente inmovilizar a la agencia estadounidense En México.

No se sabe si porque era inevitable la interpretación o si hubo un error de cálculo en Palacio Nacional, pero en la mañanera después del discurso de Argentina la presidenta Sheinbaum se quejó del doble juego de la agencia antinarcóticos: filtrar datos de narcopolíticos mexicanos en el tono del presidente Trump y su discurso de que México es un narcoestado y sin ofrecer disculpas o explicar razonamientos pasar a un tono de elogios desmedidos al responsable de la seguridad pública mexicana, que en el ambiente político nacional se ha publicado hasta la saciedad que no cuenta con el apoyo del expresidente López Obrador, aunque hay que dejar en claro que el director de la DEA fue jefe de la oficina en México, habla perfectamente español y por tanto conoce los resortes de la comunicación política del régimen mexicano.

El discurso público de Terry Cole en Buenos Aires marcó –para preocupación de palenque– una nueva etapa en las relaciones entre México y EU en materia no sólo de narcotráfico sino básicamente de lucha destructiva contra los cárteles mexicanos en México, reduciendo los márgenes de maniobra mexicanos después del tono y contenido del discurso como para regatear relaciones por suspicacias que tienen que ver de manera directa con la agenda de revelaciones estadounidenses de lopezobradoristas presuntamente y sin presentar pruebas aceptadas por México vinculados a los intereses del narcotráfico.

El asunto se dio en el contexto del anuncio formal del Gobierno de Estados Unidos de la puesta en marcha de un operativo político, de seguridad y geopolítico con el uso todavía no muy explicado “de ataques por tierra” para destruir los nidos de los cárteles del narcotráfico sobre todo en México y Colombia.

En este escenario quedó diluido el tono agresivo Andy López Beltrán contra Trump y el expresidente López Obrador dejo la impresión de que no tiene los instrumentos gubernamentales necesarios para protegerlo.