Lo relevante es que Estados Unidos decidió aplicar el castigo incluso a productos que cumplen con las reglas de origen del T-MEC. El mensaje es perturbador: cumplir con el tratado ya no garantiza el acceso preferencial.
La nueva escalada arancelaria entre Estados Unidos y Canadá —con aranceles de 50 por ciento vigentes desde el sábado— está produciendo un resultado que pocos anticipaban: México puede estar adquiriendo una ventaja adicional como plataforma de acceso al mercado estadounidense.
Podríamos llamar a esta ventaja “la prima México”.
Pero su existencia implica riesgos y lecciones que no deben ignorarse. Vamos por partes.
Los nuevos gravámenes de Washington cubren alrededor de 20 mil millones de dólares en productos canadienses, apenas 5 por ciento de lo que Canadá le vende. Ottawa respondió con represalias “dólar por dólar” que entrarán en vigor el 8 de septiembre. Pero la importancia del golpe rebasa con mucho el monto del comercio afectado.
Lo relevante es que Estados Unidos decidió aplicar el castigo incluso a productos que cumplen con las reglas de origen del T-MEC. El mensaje es perturbador: cumplir con el tratado ya no garantiza el acceso preferencial.
Mark Carney reveló este fin de semana por qué se levantó de la mesa: Washington exigió a última hora mantener aranceles a los automóviles y excluir a los camiones medianos y pesados, limitar el contenido canadiense, restringir su capacidad de firmar acuerdos con terceros países e imponer condiciones sobre su protección cultural y del francés. “Pidieron demasiado y ofrecieron muy poco”, resumió. Washington lo disputa: Jamieson Greer acusa a Ottawa de retractarse de compromisos ya pactados.
Sea cual sea la versión correcta, el episodio confirma que negociar con Washington implica hoy riesgo político. En esa variable, por ahora, México sale bien parado.
Marcelo Ebrard estima que alrededor del 85 por ciento de las exportaciones mexicanas sigue entrando a Estados Unidos con arancel cero gracias al T-MEC. Canadá acaba de descubrir que esa protección puede perforarse unilateralmente.
Para determinados sectores, una fábrica mexicana tiene hoy una ventaja frente a una canadiense equivalente —salvo en los afectados por el régimen de la Sección 232—. Pero conviene no exagerarla: nació de una decisión política ajena y puede desvanecerse con la misma rapidez.
Pero aquí comienza una paradoja: México podría beneficiarse en tal medida de la confrontación que ello termine generando un nuevo problema.
México ya es el principal proveedor extranjero de Estados Unidos. Y el déficit comercial estadounidense con nuestro país alcanzó 203 mil millones de dólares en los doce meses previos a junio, según la Oficina del Censo, y sigue creciendo: es una obsesión de la administración Trump. Si las exportaciones mexicanas capturan además parte del mercado canadiense, Washington podría leer nuestro éxito no como una victoria de la integración norteamericana, sino como otra derrota propia.
Las exigencias a Canadá son también una ventana a la agenda que podría enfrentar México en la revisión del T-MEC: más contenido estadounidense, reglas de origen más duras y límites a los acuerdos con terceros países, empezando por China.
Trump ya decidió no renovar el tratado en su forma actual y propuso revisiones anuales. El modelo que emerge no es la plataforma productiva del TLCAN, sino Estados Unidos al centro, con México y Canadá compitiendo por condiciones privilegiadas: un acceso preferencial administrado políticamente por Washington.
Conviene entonces comparar las dos estrategias por sus resultados. Canadá respondió desde 2025 con represalias: sobrearancel a los autos estadounidenses y vetos provinciales al alcohol. Esas medidas acabaron citadas como justificación de los aranceles de 50 por ciento. El saldo canadiense: castigo arancelario y negociación suspendida.
México, en cambio, negoció tema por tema, hizo concesiones selectivas, evitó las represalias y priorizó preservar el acceso. El saldo mexicano: ese 85 por ciento con arancel cero y una cuarta ronda de negociación prevista para septiembre. Hasta hoy, los resultados favorecen la ruta mexicana. La duda es si nuestro estilo evita las exigencias que rompieron la mesa con Canadá o solamente las pospone.
Ahí están las verdaderas lecciones, más importantes que cualquier ventaja de corto plazo. La primera: el acceso al mercado estadounidense dejó de ser un derecho ganado cumpliendo reglas y se volvió una concesión política revocable. La segunda: hay que definir las líneas rojas antes de sentarse a la mesa; Canadá descubrió las suyas —soberanía, cultura, acuerdos con terceros— cuando ya estaba en ella.
De ahí el reto para México: llegar a la revisión del T-MEC sabiendo qué es innegociable, convencer a Estados Unidos de que nuestro crecimiento exportador es parte de una victoria norteamericana frente a China y no una nueva derrota.
La ‘prima México’ existe precisamente porque puede desaparecer. Si convertimos las lecciones en estrategia, la crisis entre nuestros socios podría abrir una oportunidad adicional para el país.
Si no, la prima que hoy obtenemos podría convertirse mañana en el argumento para imponernos nuevas restricciones.


