En marzo de 2011, tanto al entonces primer ministro británico, David Cameron, como a su ministro de Hacienda, George Osborne, les dolía la cara de poner muecas cada vez que se enfrentaban a los periodistas, dada su insistencia en preguntarles si respaldaban al príncipe Andrés como embajador comercial del Reino Unido, ante la bola de escándalos que acumulaba en el ejercicio del cargo honorífico. De cara a la galería, respaldaban al hijo favorito de la reina Isabel II, subrayando su labor para abrir caminos de otro modo bastante inexpugnables a las empresas británicas en todo el mundo. De puertas adentro, medios del país publicaban por aquellos días lo que era vox populi, el sentir del Gobierno, en el que nadie pensaba echar una sola lagrimita por el duque si se lo quitaban de encima.

Sólo cuatro meses después, el Palacio de Buckingham informó de que Su Alteza Real dejaba de ejercer como representante especial para el Comercio Internacional y la Inversión del Reino Unido, tras una década dedicado a ello. Naturalmente, el comunicado ocultaba las verdaderas razones de lo que era un cese. Que no eran otras que la mancha que se extendía, como una balsa de aceite, sobre la figura del príncipe, ya que para esas fechas se había empezado a hablar de su estrecha relación con el empresario pedófilo Jeffrey Epstein, pero también de otra interminable ristra de amistades peligrosas, que iban desde Said, hijo del líder libio Muamar Gadafi, al contrabandista de armas del mismo país, Tarek Kaituni, pasando por el intrigante yerno del presidente de Kazajistán, Timor Kulibayev, quien compró al duque una mansión en Sunninghill Park por 12 millones de libras, muy por encima del valor de mercado, en lo que constituyó un pelotazo real de campeonato. También había estallado ya el primer asunto turbio de Sarah Ferguson, que fue grabada en 2010 ofreciéndose a un periodista que se hizo pasar por un hombre de negocios a darle acceso a su ex marido a cambio de una sustanciosa cantidad económica.

Cuando el pasado jueves el hoy ex príncipe Andrés Mountbatten-Windsor fue detenido en su actual domicilio, la casona a la que él describe como “una caja de zapatos” en una zona apartada de la finca de Sandringham, propiedad del su hermano el rey Carlos III, se vio obligado a prestar declaración durante 11 horas en comisaría en el curso de una investigación vinculada al caso Epstein, que tiene que ver justamente con los años, entre 2001 y 2011, en los que Andrés ejerció como embajador comercial. Se sospecha que pudo incurrir en “mala conducta en cargo público”, esto es, en un delito continuado de alta traición que, en el peor de los casos, le valdría una cadena perpetua, por la presunta filtración al empresario pedófilo de documentos confidenciales del Gobierno británico relacionados con los viajes oficiales que hizo a destinos como Hong Kong, Vietnam o Singapur, o informaciones privilegiadas sobre contratos por ejemplo en Afganistán. Los archivos recién desclasificados en EEUU sugieren que el empresario organizó encuentros privados, viajes y presentaciones aprovechándose de las conexiones del hijo de la reina, quien, a su vez, había empleado su cargo, contactos e influencia en beneficio propio, algo que estos días Andrés niega en rotundo a través de su círculo más estrecho, y que será lo que la policía y la Fiscalía habrán de dirimir.

Un héroe de guerra muy popular

No se trató del nombramiento para ningún cargo formal, ni era retribuido -Andrés percibía, como el resto de los hijos de la reina, una importante suma de la Lista Civil, el sistema en vigor hasta 2012 para las retribuciones de los Windsor en activo-. Lo que movió a Isabel II a nombrar a su hijo representante especial para Comercio en 2001 -en apoyo al organismo gubernamental UK Trade & Investment (UKTI)- era buscarle un cometido de fuste y de relumbrón, que, además de mantenerle entretenido, engrandeciera su imagen ante la ciudadanía británica, por entonces excelente. Andrés era un príncipe que causaba admiración, mucha más que el Heredero, Carlos, en especial por que había participado en 1982 en la guerra de las Malvinas, lo que le devolvió a Buckingham convertido en todo un héroe militar -también años más tarde los británicos se enamoraron de su sobrino Harry por sus misiones militares y su valentía en el reino de los talibán-. Es cierto que los tabloides le sacaban un día sí y otro también como un auténtico playboy, y que de sus relaciones amorosas se escribían culebrones. Pero eso no rebajaba entonces su popularidad.

Con su retiro del ejército en 2001, Andrés necesitaba un nuevo objetivo vital, que fue lo que le buscó su madre, un goloso puesto que venía ocupando desde finales de los años 70 el primo favorito de la reina, Eduardo, duque de Kent. Hoy se sabe que hubo cierta controversia en torno a aquel nombramiento, incluidas pegas que por supuesto entonces no vieron la luz de quien hoy es el rey Carlos III. Pero el caso es que al entonces primer ministro Tony Blair le pareció una idea fabulosa, y aceptó la petición de la soberana, aconsejado entre otros por uno de los políticos clave de aquel nuevo laborismo, Peter Mandelson. Pues bien, volviendo a la actualidad un momento, recordemos que Mandelson es protagonista del otro terremoto político que hoy sacude al Reino Unido por el caso Epstein, ya que él también fue íntimo del financiero y también está siendo, como Andrés, investigado por la misma posible mala conducta al compartir con el pedófilo material de carácter reservado.

Durante su etapa como embajador comercial especial, se difundieron toda clase de escándalos de Andrés, en especial al final del mandato. La prensa fue muy crítica con algunas de sus gestiones y con que protagonizara viajes a veces a destinos que parecían chocar con la política exterior del Gobierno de turno. Sucedió sin ir más lejos en una ocasión, muy recordada estos días, cuando contraprogramó una visita a China que evidenció una total descoordinación de agendas, como mínimo.

La idoneidad del duque se ponía en duda ante el sonrojo que provocaban sus reuniones como un almuerzo en Palacio con un miembro huido del antiguo régimen tunecino al que un ex embajador definió como “el peor delincuente” de los que había conocido, investigado por blanqueo de capitales, o sus vacaciones con un contrabandista de armas libio, o que se desvelara que algunos de los incontables viajes que realizaba en supuestas misiones económicas se acababan traduciendo en días de disfrute en pistas de esquí, campos de golf de primerísima categoría, los resorts más lujosos del mundo y toda clase de experiencias paradisiacas. Todo ello, al igual que los emolumentos de su nutrido séquito, con cargo al erario público, claro está. La prensa apodó por aquellos días a Andrés como Air Miles Andy (Andrés, el de las millas aéreas).

Un príncipe “grosero” e imprudente

La salida a la luz de los famosos archivos de Wikileaks permitió la difusión de un cable secreto de la embajadora de EEUU en Kirguistán, fechado en 2010, en el que ella reportaba a Washington sobre el “lenguaje grosero” del príncipe y sus comportamientos tan imprudentes como inapropiados en el terreno diplomático. Detallaba como Andrés de York había criticado abiertamente en un almuerzo con varios testigos al Departamento Anticorrupción británico por poner en riesgo un suculento contrato armamentístico con Arabia Saudí y a los periodistas del Guardian por “meter sus narices en todas partes”, en referencia a las investigaciones que destaparon los agujeros del negocio con Riad.

Cuando ese tipo de episodios provocaban situaciones de crisis políticas, Buckingham daba la callada por respuesta mientras que desde la élite política se tendía a justificar al príncipe con el manido argumento de que siempre se había caracterizado por su franqueza y carácter algo arrogante, lo que era delito. Aún faltaría tiempo para que llegaran las primeras acusaciones de Virginia Giuffre, exponiendo con toda su crudeza cómo había sido obligada a mantener sexo a los 17 años con el príncipe en los dominios de Epstein, lo que marcaría el inicio del interminable descenso a los infiernos del defenestrado Windsor.

Desde Downing Street, y también desde la élite empresarial británica, todo hay que decirlo, también se ponía en valor que Andrés aportaba en la promoción de los negocios del Reino Unido una posición única como miembro de la familia real que abría puertas a dinastías, jefes de Estado y CEO de multinacionales de todo el mundo que sólo la sangre azul consigue con tanta facilidad. Hoy se sabe que, a cambio, se miró durante demasiado tiempo hacia otro lado ante los constantes indicios de que el príncipe sintiera tanta querencia por los fangos de las corruptelas.

Asia Central y las Petromonarquías del Golfo fueron dos de las regiones más frecuentadas por Andrés como embajador comercial. Las estrechas relaciones de la familia real británica con todas las dinastías árabes le garantizaban la alfombra roja en sus viajes a Arabia Saudí -una de las naciones que más visitaba- y los estados vecinos. Tras las revelaciones de Wikileaks, Simon Wilson, quien fuera jefe adjunto de la misión británica en Bahrein entre 2001 y 2005, escribió un artículo en el Daily Mail en el que decía que el príncipe Andrés era apodado entre la comunidad diplomática británica del Golfo como IBH: Su Alteza Bufón, un ejemplo más del carácter que se gastaba.

Ahora, y mientras la investigación en curso podría acabar con el defenestrado duque en el banquillo, una comisión del Parlamento de Westminster está considerando investigar todo el papel de Andrés Mountbatten-Windsor durante aquella década como enviado comercial del Reino Unido. Esto puede ser un filón para la opinión publicada. Pero a la Monarquía le aguardan tiempos de vendaval que a saber qué cimientos de la Corona dejarán en pie.

En este sentido, ayer mismo volvió a salir a la palestra el nombre de David Rowland, controvertido empresario y banquero que durante años estuvo muy ligado al príncipe Andrés. La hemeroteca está llena de noticias sobre los negocios que el primero, importante donante del Partido Conservador durante un tiempo, habría hecho de la mano del hijo de la reina. Y el Daily Mail publicó este domingo que el ex príncipe le habría dicho en alguna ocasión a Epstein que Rowland era su asesor financiero de confianza. El banquero y su hijo acompañaron a Andrés a algunos de los viajes que realizó en su calidad de enviado comercial, a destinos como China y repúblicas ex soviéticas en Asia Central. El príncipe, según la información del Mail, habría facilitado información de manera continuada a Rowland sobre oportunidades comerciales que surgían de su cometido como representante del Reino Unido.

En agosto de 2019, un denunciante que tenía conocimiento detallado de los tratos comerciales del hijo de la reina con Rowland habría enviado un correo electrónico al entonces príncipe de Gales, hoy Carlos III, a través de los abogados de la Casa Real, advirtiéndole sobre el “abuso de David Rowland a la familia real”. Una revelación que vuelve a dejar al actual monarca en una posición más que incómoda ante la opinión pública.

Si algo está claro es que escarbar en la etapa como embajador comercial de Andrés es abrir una peligrosa caja de pandora de consecuencias impredecibles. El tiempo dirá si hay motivos para nuevos sobresaltos. Y no parece muy aventurado concluir que sí.