¿Se imagina alguien a los soldados cubanos protegiendo las instalaciones petroleras de la estadounidense Chevron en Venezuela? ¿A los trabajadores de Estados Unidos con sus cascos y sus trajes ignífugos, en una gigantesca terminal de exportación de petróleo, con un fondo de helicópteros artillados de fabricación rusa Mi-24 pilotados por soldados de la Defensa Anti-Aérea y Fuerza Aérea Revolucionaria, mientras sus hermanos comunistas mueren en la selva venezolana atacados por las fuerzas que no aceptan el régimen de Delcy Rodríguez?

No hace falta imaginárselo. Durante 16 años, esa fue la situación en Cabinda, un enclave de territorio angoleño incrustado en la República Democrática del Congo. Los cubanos, que habían intervenido en Angola en 1975 para salvar del colapso al Gobierno comunista de ese país, surgido tras la independencia que la Revolución de los Claveles trajo a la ex colonia portuguesa, no tuvieron inconveniente en destinar a miles de hombres a la defensa de la Terminal de Malongo, un masivo complejo petrolero propiedad de Chevron, que es, casualidades de la Historia, la única compañía extranjera que hoy exporta petróleo de Venezuela.

Las guerras civiles de Angola ofrecen un posible borrador de lo que podría ser el futuro de la Venezuela post-Nicolás Maduro. No sólo por el caso de Cabinda, Chevron y los soldados de Fidel Castro. Eso es, casi, una anécdota. Lo más relevante a día de hoy es que los comunistas de Angola se convirtieron en 1990 al capitalismo y Estados Unidos -y todo Occidente- dio la espalda a sus enemigos, a quienes había apoyado tanto como a los famosos guerrilleros anticomunistas de Afganistán.

Nadie tuvo mayor inconveniente en tratar a los viejos líderes de Angola, que ofrecían un entorno más estable para la inversión extranjera y, además, conocían la industria petrolera nacional mucho mejor que la oposición. Acaso la mayor diferencia sea que en Venezuela no hay una tradición de violencia como la de Angola, donde, en los momentos de mayor intensidad de la guerra civil, morían en promedio mil personas al día. Pero el pragmatismo de Washington y de otros países occidentales y africanos puede aconsejar cautela a quienes esperan que la intervención estadounidense contra el régimen de Caracas sea el primer paso hacia una democracia. Es cierto que Oscar Wilde dijo que “la Historia no se repite; se repiten los historiadores”. Pero también hay que tener en cuenta la frase de Mark Twain: “La Historia no se repite, pero a menudo rima”. Con Delcy Rodríguez, que conoce muy bien el sector petrolero venezolano, y con una considerable incertidumbre de hasta dónde quiere Donald Trump cambiar la estructura de poder en el país caribeño, la comparación, al menos como ejercicio teórico, con Angola es inevitable.

Para entender la situación que llevó a que los comunistas angoleños abrazaran el capitalismo petrolero se remonta a la guerra civil que empezó en 1975. La lucha entre las tribus de la costa, agrupadas en el marxista-leninista Movimiento Popular para la Liberación de Angola-Partido de los Trabajadores (MPLA-PT), sólo resistieron el empuje de las del interior -los ovimbundu- que estaban agrupadas m Unión para la Independencia Total de Angola (UNITA) gracias a que la Cuba de Fidel Castro accedió a ser ‘chica de los recados’ de la Unión Soviética. La Habana envió a 675.000 soldados a combatir a Angola. Incluyendo a las llamadas ‘avispas negras’, unas tropa de élite que, según algunas informaciones, también protegían Nicolás Maduro y que sufrieron 38 muertos en la captura del dictador venezolano por Estados Unidos el 31 de diciembre. En Angola, 10.000 cubanos no volvieron, y otros tantos, que lo hicieron con Sida, fueron encarcelados por Castro.

Fue una guerra olvidada más de la Guerra Fría. Pero también fue una guerra en Washington, Chevron contra el Estado. Y la empresa ganó. Es algo que el presidente -entonces comunista- de Angola, José Eduardo dos Santos, comprendió perfectamente. A fin de cuentas, cuando en 1986 Ronald Reagan tomó la famosa decisión de entregar los misiles antiaéreos Stinger a los muyahidín afganos, también se los dio a UNITA, a cuyo líder, Jonas Savimbi, recibió ese mismo año en la Casa Blanca para comparar su lucha con la de los ‘Padres Fundadores’ de la Guerra de la Independencia de Estados Unidos.

Pero, en ese mismo 1986, el 95% de los ingresos del Estado angoleño procedieron de lo que le pagó Chevron por sus operaciones en Cabinda. Con ese dinero, Luanda pagó a Castro el ‘alquiler’ de los soldados cubanos -que llegaron a superar los 50.000 dos años más tarde- y que eran lo único que le permitía resistir a UNITA, que, además de Estados Unidos, tenía el apoyo de la Sudáfrica del ‘apartheid’.

En 1991, la paz llegó. Cuba y Sudáfrica se retiraron. Y Dos Santos y Savimbi firmaron la reconciliación. Pero sólo por unos meses. En 1992, las hostilidades volvieron. En 1993, murieron 350.000 angoleños: tantos como en los 16 años previos de guerra civil, y Angola se convirtió en el conflicto más sangriento del mundo.

Pero, para entonces, Estados Unidos ya no apoyaba a UNITA. Al contrario: estaba del lado del MPLA que, muy oportunamente, había abandonado el comunismo y las palabras ‘Partido de los Trabajadores’ un año antes de que los cubanos se hubieran ido. El MPLA, en realidad, nunca había sido verdaderamente comunista. En los peores momentos del guerra civil de los setenta y ochenta había concedido licencias de explotación del petróleo a la francesa Elf y a la italiana Agip.

Sin guerra civil y sin necesidad de los cubanos, no tenía que disimular. Dos Santos abrió el país a la explotación petrolera. Shell, BP, Repsol, y otras empresas entraron en Angola. Y los Estados Unidos de Bill Clinton suministraron al MPLA lo que Cuba nunca le hubiera podido dar: imágenes de satélite detalladas de los movimientos de UNITA. Poco a poco, los ex comunistas reconvertidos en capitalistas fueron arrinconando a sus enemigos. En 2002, tras nueve años de guerra, Savimbi fue muerto a tiros en una emboscada. Para entonces, nadie le recordaba. Dos Santos tenía todo el poder, aunque Estados Unidos mantuvo la relación, aunque estrecha, con un alto grado de discreción, y nunca le invitó a la Casa Blanca.

Angola había entrado en el siglo XXI como una economía dinámica, pero con desigualdades monstruosas y una corrupción sideral. La hija de Dos Santos, Isabel, se convirtió en la primera mujer de África en tener una fortuna de mil millones de dólares. En 2013, alcanzó los 3.500 millones. Tres años más tarde, su padre la nombró presidenta de la petrolera estatal angoleña, Sonagol, un cargo que perdió de manera inmediata tras la muerte de su progenitor. Hoy, Isabel Dos Santos vive en Dubai, con la mayor parte de su patrimonio embargado -aunque aún le podrían quedar varios cientos de millones- y una orden de captura de Interpol por corrupción y saqueo de las arcas públicas de su país.

En cuanto a la dirección de Angola, poco ha cambiado. Dos Santos murió en 2017 tras 38 años en el poder, 11 como comunista y 27 como capitalista. Su sucesor, João Lourenço -conocido como ‘JLo’, en una débil broma con la cantante y actriz Jennifer López- sigue sus pasos. Es un general del MPLA, que estudió la carrera militar en la Unión Soviética para luego descubrir que el petróleo es mucho mejor. Recientemente, invitó a Angola al Papa León XIV.

Angola mantiene su bandera marxista, con el machete (el proletariado rural) y el engranaje (el proletariado urbano) sobre fondo negro (África) y rojo (la sangre derramada contra el colonialismo). Pero no le queda más de su viejo marxismo sostenido por Cuba. Los ‘avispas negras’ -o incluso los 54 militares soviéticos muertos en la guerra- no tenían nada que hacer ante el pragmatismo de unos ex comunistas que describieron que con Estados Unidos se vive mejor. Hoy, Angola es el aliado más firme de Estados Unidos para contener la expansión china en África, y sigue siendo una dictadura. La élite del país sabe muy bien, entre marxismo e hidrocarburos, qué elegir.