CALI, Col.- En un mundo donde la mayoría de los exgobernantes son dueños de grandes fortunas o pensionados de privilegio que cuestan enormes sumas a los presupuestos de sus países, es muy probable que el expresidente uruguayo José Mujica sea el exmandatario más pobre del universo.
Cuando dejó la presidencia de Uruguay, el 1 de marzo de 2015, su patrimonio era de 329 mil 380 dólares, según su declaración jurada. Hoy no llega a los 300 mil por cuenta de la devaluación del peso uruguayo frente al dólar. Tiene una chacra (ranchito) en las afueras de Montevideo, dos Volkswagen modelo 1987 –los viejos “volchos”—, la mitad de la propiedad de dos inmuebles y tres tractores que él mismo maneja en sus faenas agrícolas.
–¿Es cierto que usted es el expresidente más pobre del mundo? –le pregunta Proceso.
–¡Qué voy a ser pobre! –exclama con los brazos extendidos–. Yo no soy pobre. Pobres son los que precisan mucho. Mi definición es la de Séneca, el escritor romano contemporáneo de Cristo: yo soy, filosóficamente, algo así como neoestoico.
José Mujica ríe porque el término “neoestoico” le parece divertido, pero habla muy en serio. Si Séneca promovía el estoicismo en la corte del emperador Nerón, él ha hecho de esa corriente filosófica –que hace de la virtud humana la vía principal para alcanzar la felicidad– un modo de vida.
Sólo al final de su mandato como presidente se supo que había donado el 90% de su salario a causas sociales. La mayoría, unos 550 mil dólares, los destinó a un proyecto de vivienda para las familias más pobres de Uruguay.
Ese estilo frugal, y su biografía marcada por sus 12 años en la guerrilla de los Tupamaros, sus 15 años en prisión y su socialismo sin estridencias, explican en parte por qué cuando dejó la Presidencia no sólo tenía un 60% de popularidad en su país, sino que era una figura política respetada en todo el mundo.
Hoy (abril de 2017), a sus 82 años, José Mujica, a quien los uruguayos llaman “Pepe”, no alcanza a atender todas las invitaciones que le hacen de decenas de países para dar conferencias y avalar, con su sola presencia, algunas causas. Cuando esas causas son las suyas, él hace un esfuerzo y emprende largos viajes desde su chacra en la zona rural de Montevideo.
Su esposa, la senadora Lucía Topolansky, quien fue su compañera de armas en el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T), le hace su maleta –un par de pantalones de mezclilla, dos camisas, una chamarra, un pantalón de dril y un saco– y por lo general le pide a alguno de sus amigos que lo acompañe. A ella no le gusta viajar.
Hace unos días, el exgobernante uruguayo y actual senador visitó Cali para asumir, junto con el expresidente español Felipe González, como garante internacional de la implementación de los acuerdos de paz entre el gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC.
La paz en Colombia le parece un asunto fundamental para Latinoamérica, pues eso significa poner fin al conflicto armado interno más antiguo y cruento de la región.
–Yo soy un hombre de izquierda –dice– y el presidente de Colombia (en esa época Juan Manuel Santos) no se puede catalogar como un presidente de izquierda. Sin embargo, yo he tratado de hacer todo lo posible en favor de la paz y de ayudarlo en todo lo que he podido, con humildad. ¿Por qué? Porque la paz no es de izquierda ni de derecha. Es paz.
El muro
José Mujica pasó buena parte de su primera tarde en Cali reunido con varios comandantes de las FARC, quienes lo pusieron al tanto de las dificultades que han surgido en la implementación de los acuerdos de paz. Luego de ese encuentro recibió a Proceso en su habitación del hotel.
–¿Entonces quiere que hablemos del muro de Trump? –pregunta el expresidente.
–Sí, entre otros temas, senador –así le gusta que lo llamen, senador, no presidente.
–El muro –dice y se reclina en el sillón donde está sentado–: el Muro de Berlín es una zanjita frente a la bestialidad que quiere construir Trump en la frontera con México. El año pasado fui a Tijuana y me decían unos mexicanos: “Nosotros le hacemos el muro y le pagamos el muro, pero en la frontera vieja”, en la que había antes de que despojaran a México de más de la mitad del territorio.
–Pero el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, lo quiere construir en la nueva frontera…
–Es triste –afirma Mujica–. Si Estados Unidos tuviera una visión abierta intentaría jugar su porvenir con nosotros y empezaría a trabajar estratégicamente para ser una nación bilingüe y aceptar la proximidad con América Latina. Si quisiera detener a los inmigrantes, tendría que dar esa batalla. Porque nadie migra porque le gusta. Se migra por necesidad, porque se tiene que pelear por la vida. Entonces el problema no es hacer un muro, el problema es ayudar a superar la pobreza que hay en América Latina.
A José Mujica le parecía que el entonces presidente mexicano Enrique Peña Nieto “podría haber hecho más en términos de firmeza” frente a los desafíos que ha planteado Trump a México: el muro, su política antiinmigrantes y su intención de renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) o de imponer aranceles a las importaciones mexicanas.