“La guerra nuclear empieza con un pitido en la pantalla de un radar”, describe Annie Jacobsen, autora de Guerra nuclear: Un escenario. Después, “un resplandor y un calor tan formidables que a la mente humana le resultan imposibles de asimilar”. Para conjurar esos miedos, las principales potencias nucleares se abrazaron a dos ideas aparentemente contradictorias: la disuasión mutua y los tratados de no proliferación nuclear. Esa tranquilidad, apuntalada con apretones de mano e incertidumbres subjetivas, acaba de desvanecerse.

El tratado New START era el último gran acuerdo vigente que ponía límites verificables a los arsenales nucleares estratégicos de Estados Unidos y RusiaCaduca hoy, jueves. Sin prórroga ni sustituto, termina la época en la que ambas potencias aceptaban, al menos sobre el papel, un “contador común” para sus fuerzas nucleares desplegadas.

Durante más de medio siglo, Moscú y Washington han intentado poner barandillas a la competencia atómica con tratados sucesivos. New START, firmado en 2010 y prorrogado en 2021, era el último eslabón de esa cadena. Su final no significa que haya más bombas mañana, pero sí que desaparece la última regla compartida sobre cuántas pueden estar listas y desplegadas. El tratado establecía cuántas armas nucleares estratégicas puede tener cada uno operativas y desplegadas, y enumeraba reglas para comprobarlo. No era desarme: era un freno y, sobre todo, un sistema para reducir sorpresas.

El tratado fijaba un tope de 1.550 cabezas nucleares desplegadas por país. También limitaba los grandes medios de lanzamiento estratégicos que podían estar operativos: misiles balísticos intercontinentales, misiles lanzados desde submarinos y bombarderos pesados. Con esos números, ambas potencias conservaban capacidad de destruirse varias veces, pero se evitaba una expansión descontrolada en la parte más sensible del arsenal.

Vladimir Putin ha sugerido en el pasado que ambas partes podrían seguir cumpliendo voluntariamente los límites actuales. Donald Trump, ha apostado por “un nuevo acuerdo mucho mejor” con Rusia, pero que incluya al nuevo actor principal: China. A día de hoy, el arsenal nuclear chino se estima en alrededor de las 600 ojivas, con un ritmo de crecimiento que en los últimos años se ha acelerado.

Los tratados bilaterales nacieron para gestionar un duelo: Estados Unidos frente a la Unión Soviética, posteriormente Rusia. Ese mundo se está rompiendo por el ascenso de China como potencia nuclear. Pekín, que durante años mantuvo una fuerza de disuasión relativamente limitada, está ampliando arsenal, infraestructura y producción para disponer de más opciones y mayor garantía de supervivencia ante un eventual primer ataque.

Estados Unidos sabe que China está aumentando su stock nuclear más deprisa que cualquier otro país, a un ritmo del orden de unas 100 ojivas al año desde 2023, y eso altera el tablero de la negociación. Washington ya no mira sólo a Moscú: quiere capacidad para disuadir simultáneamente a dos rivales nucleares que son socios ante guerras del presente (Ucrania) y del futuro (Taiwan). El problema es que China tiene pocos incentivos para aceptar límites mientras está en fase de crecimiento.

Pekín busca una posición de paridad. Mientras tanto, intenta mantener opacas muchas cifras. China apuesta en gran medida por el riesgo y la opacidad… y no hay ningún imperativo para que Pekín mantuviera discusiones constructivas.

ARMAS NUCLEARES A LA VISTA

La pieza clave del difunto tratado no era sólo el límite. También importaba la transparencia: intercambio periódico de datos, avisos sobre movimientos y cambios, y un régimen de inspecciones. Ese mecanismo de verificación servía para que la disuasión descansara en información y no en conjeturas. Además, creaba hábitos: miles de notificaciones, visitas y procedimientos que reducían el margen para el error.

Con el tiempo, ese engranaje se fue debilitando. Las inspecciones se congelaron durante la pandemia y, con la guerra de Ucrania, la cooperación se degradó aún más. Aun así, el marco seguía existiendo: era el último candado legal sobre el tamaño del arsenal desplegado de las dos potencias que concentran la mayor parte de las armas nucleares del planeta.

¿Qué efectos puede tener su no renovación? El primero es psicológico y político: desaparece un punto mínimo de cooperación entre adversarios. También preocupa el apagón técnico: sin obligación de notificar y sin inspecciones, aumentan las zonas grises. Los estrategas deberán planificar en base estimaciones, y las estimaciones tienden a inflarse por prudencia.

A parte de este año, el riesgo sólo puede aumentar. En momentos de crisis, la falta de datos compartidos y de rutinas de verificación hace más fácil confundir un ejercicio con una preparación de ataque, o interpretar una modernización como un salto cualitativo. Esa niebla eleva la probabilidad de errores de percepción.

El fin del New START también envía una señal al resto. Si las dos mayores potencias renuncian a límites y transparencia, se debilita la cultura de control de armamentos y se normaliza la idea de que la seguridad se mide en arsenal y velocidades de despliegue. Mark Rutte, secretario general de la OTAN, ha avisado de que los chinos “llegarán a 1.000 ojivas nucleares a finales de la década”.

España y sus vecinos europeos quedan bajo un paraguas menguante. Europa vive bajo la disuasión de la OTAN, sostenida en última instancia por el arsenal nuclear de Estados Unidos. En el continente, sólo Francia y el Reino Unido tienen armas nucleares propias, pensadas sobre todo para su defensa nacional.

Si Washington se vuelve menos predecible o menos comprometido con los aliados, la vulnerabilidad percibida de Europa aumenta. Sin un paraguas creíble, Rusia gana margen para la coerción. Putin no necesita usar armas nucleares, basta con insinuar escaladas para intentar condicionar decisiones europeas -y el estado de ánimo de su voluble opinión pública- en una eventual crisis.

Eso empuja a Europa a dilemas incómodos: reforzar mucho más su capacidad convencional, invertir en defensa antimisiles y resiliencia. Se reabre así el debate sobre cómo integrar la disuasión francesa y británica en una estrategia europea más amplia, con la guerra de Ucrania hirviendo al otro lado de las fronteras de la OTAN.