Jeffrey Epstein ha llegado a los estamentos más altos de la política y las instituciones británicas. La Familia Real anunció ayer que “está lista para apoyar” una potencial investigación de la policía del Reino Unido sobre la posible entrega a Epstein por Andrew Mountbatten -ex príncipe y hermano del rey Carlos III- de secretos de Estado relativos a sus viajes a China. El propio rey declaró ayer que está “profundamente preocupado” por las acusaciones contra su hermano.
La comunicación del Palacio de Buckingham llegaba mientras el primer ministro, el laborista Keir Starmer, está tratando de evitar que su propio partido fuerce su salida del cargo por haber nombrado embajador en EEUU a Peter Mandelson. Éste mantenía una relación profesional con Epstein mucho más estrecha de lo que se sabía hasta que el Gobierno de Donald Trump divulgó tres millones de emails del hombre que fue el proxeneta de las élites de EEUU y Europa.
Esta semana será crucial para la supervivencia de Starmer en el cargo de primer ministro. El termómetro político cambia casi minuto a minuto, en función de lo que dicen -o dejan de decir- los líderes del Partido Laborista del Reino Unido, un país en el los primeros ministros tienen un poder muy limitado sobre sus formaciones políticas, sus grupos parlamentarios e incluso sus propios gabinetes.
Nadie duda de que Starmer está muy debilitado políticamente, que ha irritado de manera innecesaria a amplios sectores del partido, que ha despreciado a la base y que es enormemente impopular. Con todos esos elementos, enseñarle la dirección de la puerta sería fácil. Pero el primer ministro cuenta con un elemento a su favor: la debilidad de sus rivales. Si él no tiene carisma, tampoco quienes aspiran a sucederle. Si él no es capaz de unificar al partido, sus enemigos representan, cada uno, a una facción. Ésa es su gran baza.
No es mucho. Pero es un consuelo. El lunes por la tarde, Starmer logró un apoyo muy importante: el de sus propios ministros. Uno a uno, los miembros de su gabinete fueron expresándole su respaldo. De nuevo, en otras latitudes eso sería impensable. Pero en el Reino Unido es el procedimiento habitual. No es cosa menor que el primer ministro cuente con el apoyo público (al menos, por ahora) de sus ministros del centrista ministro de Sanidad, Wes Streeting, que nunca ha ocultado su intención de sucederle; ni del titular de Medio Ambiente, Ed Miliband, que ya en 2015 fue candidato a la jefatura del Gobierno y fue derrotado estrepitosamente por el Partido Conservador; ni de la ministra de Interior, Shabana Mahmood, a quien el propio Starmer aupó al cargo hace apenas cuatro meses.
Con ese frente cerrado -al menos, mientras no se demuestre lo contrario- el primer ministro se metió anoche en el foso de los leones: sus propios parlamentarios. Ahí, el primer ministro iba a tenerlo más difícil. Los parlamentarios son quienes tienen en sus manos el futuro del primer ministro, y éstos no se van a contentar con un mero cambio de tono o con ajustes simbólicos. Por de pronto, quieren una comunicación real con el jefe del Gobierno, al que acusan de haberles ignorado olímpicamente una vez que consiguió el cargo.
En las últimas semanas, Starmer ha empezado a rectificar esa política, al invitar a más y más parlamentarios a su residencia de fin de semana de Chequers. Pero muchos ven en eso una mera concesión a la galería. Quieren más. Y eso incluye un Gobierno que demuestre, al menos, que tiene sensibilidad por los votantes.
En el Parlamento está, además, quien parece ser el mayor rival de Keir Starmer: su propia ex viceprimera ministra, Angela Rayner, que tuvo que dimitir en septiembre por eludir el pago a Hacienda de 40.000 libras (46.000 euros). Ideológicamente, Rayner es aceptable para muchos -incluyendo los mercados financieros -, porque, aunque de centro, está más a la izquierda que Starmer. Y luego está lo que parece ser su deseo de librarse del primer ministro. Desde que volvió a su escaño, ha establecido una amplia red de relaciones con el resto de la bancada laborista que le ha permitido dirigir la ofensiva contra Starmer por el nombramiento de Mandelson, lo que ha incluido obligar al Ejecutivo a entregar a la Cámara de los Comunes la documentación sobre el proceso de selección del embajador en EEUU.
El problema para Rayner es que todavía está bajo investigación de Hacienda. Y, mientras no deje eso atrás, sus opciones al cargo serán relativamente limitadas. Igualmente bloqueado está el alcalde del Gran Machester, Andy Burnham, el líder indiscutible de la izquierda. Es su caso, el problema es que los estatutos del Partido Laborista exigen que el candidato a primer ministro sea parlamentario, cosa que él no es. Y ahí Starmer le ha bloqueado, al lograr que el partido le impidiera ser el candidato al escaño que se decide el 26 de este mes en la circunscripción de Gorton and Denton, situada a las afueras de Manchester.
Si Burnham se presentara, ganaría con toda probabilidad. Al impedírselo, Starmer se arriesga a perder el escaño a manos de los Verdes, que amenazan con pasar por la izquierda a un laborismo hundido, o de Reform-UK, que se ha convertido en la fuerza dominante de la derecha tras el colapso de los conservadores. Pero el primer ministro sabe que, con Durnham en la Cámara de los Comunes, la oposición tendrá lo que necesita para ir a por él: un candidato.
Todos esos signos de debilidad juegan, a la larga, contra Starmer. Pero, mientras no haya un rostro que ejemplifique la oposición, el primer ministro puede seguir tirando. Y eso que su situación es de todo menos sólida. El líder del Partido Laborista en Escocia, Anas Sarwar, que había sido tradicionalmente un aliado de Starmer, pidió el lunes públicamente su dimisión. Fue la puntilla a 24 horas de pesadilla para el jefe del Gobierno. El domingo, su jefe de gabinete, Morgan McSweeney, había dimitido, tras “asumo la plena responsabilidad” por el nombramiento de Mandelson.
La salida de McSweeney fue considerada una jugada de Starmer, que así se deshacía de una figura que como estratega electoral tiene un enormes prestigio, pero que ha logrado enfurecer a parte del laborismo en su función de máximo asesor del primer ministro. El problema es que syrr por la mañana llegó otra salida, esta vez inesperada: la del director de Comunicación de Downing Street, Tim Allan. Son muchos golpe para el primer ministro, que mañana afronta, además, una dura sesión parlamentaria con la jefa de la oposición, Kemi Badenoch, y dentro de dos semanas las inciertas elecciones de Gorton and Denton.


