Si la clase política no asume la responsabilidad de recomponer el entramado político, seremos los ciudadanos quienes paguemos los costos de la parálisis y la polarización.
Como si se tratara de la Arena Coliseo y no de la Comisión Permanente del Congreso, la política mexicana volvió a exhibir su rostro más áspero.
El pleito entre Alejandro ‘Alito’ Moreno, dirigente del PRI, y Gerardo Fernández Noroña, presidente de la Comisión, rayó en lo grotesco. Insultos, descalificaciones y gritos, seguidos de empujones y manotazos, ocuparon el lugar que debía ser reservado para el debate de argumentos y la discusión de ideas.
No es un episodio aislado, sino un síntoma preocupante. En los últimos años la clase política ha convertido la confrontación en método de supervivencia.
Lo que debería ser discrepancia razonada, motor indispensable de la democracia, se degrada en un intercambio de diatribas que vacía de contenido a las instituciones y ahonda la distancia entre la ciudadanía y sus representantes.
La política mexicana parece atrapada en una lógica de gladiadores. No importa construir acuerdos, sino exhibir quién puede gritar más fuerte, humillar con mayor eficacia o arrinconar al adversario con amenazas de desafuero.
‘Alito’ Moreno encabeza formalmente al PRI, pero su liderazgo ya es una fachada. Arrastra fracturas internas y deserciones constantes. El partido que alguna vez fue hegemónico carga hoy con la losa de sus excesos pasados y con la imagen de un dirigente que ya no inspira confianza, sino que representa un pasivo.
Gerardo Fernández Noroña tampoco escapa al desgaste. Durante años cultivó la imagen de voz rebelde frente al sistema, lo que le ganó simpatías en ciertos sectores. Hoy, sin embargo, lo que antes parecía irreverencia se percibe como soberbia, y sus desplantes, como incongruencias. En el entorno de la presidenta Claudia Sheinbaum, Noroña se ha vuelto más lastre que activo: resta más de lo que aporta a la 4T.
Si figuras definidas por sus estridencias marcan la pauta del debate nacional, lo que se avecina es un clima político cada vez más tóxico.
Y lo más grave es que no hablamos solo de dos personajes. Ambos encarnan un estilo de hacer política que se ha extendido por todo el espectro partidista. El choque en la Comisión Permanente fue apenas un síntoma de un mal más profundo: la degradación del diálogo público en México.
La democracia exige confrontación de ideas, pero también disposición al acuerdo. Los desacuerdos son inevitables, incluso necesarios, pero no pueden derivar en un circo de improperios.
Desde el poder se descalifica a la oposición antes de escucharla; y desde la oposición se rechazan iniciativas solo porque provienen de la 4T, sin detenerse a evaluar sus méritos. Esa dinámica no construye, destruye.
De persistir estas actitudes, el futuro inmediato será el de un creciente desencanto ciudadano.
México requiere con urgencia una reconstrucción del tejido político. No se trata de uniformar pensamientos, sino de aceptar al adversario como interlocutor válido y valioso.
La política debe revalorar el consenso, la negociación y el arte de la palabra como herramientas para tender puentes. El “parlamento” debe recuperar su sentido literal: parlamentar, hablar, dialogar, razonar.
De lo contrario, la crispación se convertirá en regla, las instituciones se vaciarán de legitimidad y, paradójicamente, serán los mismos actores de la 4T quienes vean desmoronarse los espacios que hoy controlan.
La escena en la Comisión Permanente mostró lo que ocurre cuando los líderes eligen el insulto en lugar del diálogo: la democracia se degrada y la posibilidad de acuerdos se cancela.
Si la clase política no asume la responsabilidad de recomponer el entramado político, seremos los ciudadanos quienes paguemos los costos de la parálisis y la polarización.
México no necesita gladiadores sino estadistas capaces de tender puentes.
Si no lo entendemos, lo visto esta semana en el Congreso no quedará como anécdota: será la antesala de una realidad que puede trasladarse a las calles. Y entonces ya será demasiado tarde.