Con los mercados energéticos en alerta por la crisis en torno a Irán y el temor a una nueva sacudida en el suministro global de petróleo, el corte del tránsito de crudo a través del oleoducto Druzhba –una de las principales rutas que transporta petróleo ruso hacia Europa central a través de Ucrania– se ha convertido en un nuevo pulso político dentro de la Unión Europea.

El suministro por esta vía permanece interrumpido desde finales de enero. Ucrania atribuye el corte a daños provocados por un ataque con drones y a las posteriores tareas de reparación. Pero el primer ministro eslovaco, Robert Fico, cuestiona esa explicación. “La ruta principal del oleoducto no está dañada”, afirmó, reclamando el envío de una misión internacional de expertos que inspeccione la infraestructura y verifique su estado real.

Fico evocó además el precedente del sabotaje del gasoducto Nord Stream en 2022 para advertir de que las infraestructuras energéticas europeas pueden convertirse en instrumentos de presión geopolítica. Hungría y Eslovaquia consideran insuficiente la explicación ofrecida por Kiev y sostienen que los daños descritos no justifican un bloqueo prolongado del suministro.

Con ese argumento, Fico mantendrá este martes un encuentro bilateral con la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, al margen de una conferencia internacional sobre energía nuclear en París. Allí pedirá a Bruselas que impulse el envío de una misión internacional que inspeccione la infraestructura y determine las causas reales de la interrupción del suministro.

El pulso no es nuevo en Europa central. Hungría lleva meses amenazando con bloquear ayudas europeas destinadas a Ucrania, y ahora Eslovaquia refuerza esa presión política al vincular la reapertura del suministro con el futuro de la financiación europea a Kiev.

Druzhba, cuyo nombre significa “amistad” en ruso, es uno de los grandes oleoductos construidos en la época soviética y todavía transporta crudo ruso hacia varias refinerías de Europa central. A pesar de las sanciones impuestas a Moscú tras la invasión de Ucrania, sigue siendo una vía clave de abastecimiento para algunos países de la región.

La infraestructura se divide en dos grandes ramas: una septentrional que abastecía tradicionalmente a Polonia y Alemania –hoy prácticamente abandonada tras las sanciones contra Moscú– y una meridional que atraviesa Ucrania y continúa alimentando a las refinerías de Hungría y Eslovaquia.

La República Checa también está conectada técnicamente al sistema, pero ya no depende de él de forma decisiva. En los últimos años Praga ha reducido su exposición al crudo ruso gracias a rutas alternativas como el Transalpine Pipeline, que transporta petróleo desde el puerto italiano de Trieste hacia Europa central.

En Eslovaquia, además, la cuestión energética tiene una dimensión industrial concreta. La refinería Slovnaft, diseñada históricamente para procesar crudo ruso, depende en gran medida del suministro que llega a través de esta red. Esa vulnerabilidad explica en buena medida la presión política que el gobierno de Fico está ejerciendo ahora sobre Bruselas.

La disputa dio un primer salto político el pasado 23 de febrero, cuando el gobierno eslovaco decidió suspender el suministro de electricidad de emergencia a Ucrania, un mecanismo utilizado para estabilizar la red eléctrica ucraniana tras los ataques rusos contra su infraestructura energética.

Ese mismo día, Fico defendió públicamente la decisión y cuestionó abiertamente la versión ucraniana sobre el estado del oleoducto. Según el primer ministro eslovaco, las imágenes de satélite a las que ha tenido acceso su gobierno no muestran daños visibles en la infraestructura.

El tono del enfrentamiento ha ido aumentando desde entonces. Fico ha acusado directamente al presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, de “mentir” sobre la situación y ha insinuado que el conflicto energético podría estar siendo utilizado con fines políticos.

La presión eslovaca no se limita al terreno energético. El propio Fico ha cuestionado abiertamente el nuevo paquete de financiación europea destinado a sostener el presupuesto ucraniano. “No es un préstamo real”, afirmó. “Ucrania nunca devolverá ese dinero: ni esos 90.000 millones ni los cientos de miles de millones que ha recibido desde el inicio de la guerra”.

La amenaza introduce además un nuevo elemento en la política regional de Europa central. Hungría lleva meses amenazando con bloquear ayudas financieras europeas a Ucrania, incluido el paquete de 90.000 millones de euros actualmente en discusión en Bruselas. Fico ha dejado claro que Eslovaquia está dispuesta a asumir ese mismo papel si Budapest decidiera retirar su veto, ofreciendo a su gobierno como nuevo garante de esa presión política dentro de la Unión.

La posición eslovaca refleja, además, la fractura cada vez más visible del antiguo Grupo de Visegrado, la alianza regional que durante años coordinó a Hungría, Polonia, la República Checa y Eslovaquia.