El país conserva fortalezas suficientes para evitar un deterioro abrupto, pero no ha construido las condiciones para dar el siguiente paso.
La ratificación de la calificación soberana de México por parte de Fitch (una de las principales agencias calificadoras del mundo), en BBB- con perspectiva estable, no debe leerse con el alivio de que no nos bajó la nota, sino con el cuidado de las advertencias hechas.
México conserva el grado de inversión. Esa es la noticia positiva que no puede regatearse. Pero sigue en el escalón más bajo de esa categoría, apenas un peldaño por encima del territorio especulativo.
Fitch reconoce un marco macroeconómico prudente, finanzas externas robustas y una economía grande y diversificada. Esos atributos siguen siendo valiosos. Pero sería un error quedarse sólo con esa parte del diagnóstico.
Lo más revelador del reporte está en la explicación de por qué México no logra aspirar a algo mejor: bajo crecimiento de largo plazo, debilidad institucional, rigideces presupuestales, una base recaudatoria reducida y el pesado lastre de Pemex. Es decir, la estabilidad mexicana descansa más en la resistencia que en el dinamismo.
El dato lo confirma. No hubo recesión en 2025, y eso ya es algo: las exportaciones crecieron 7 por ciento, sostenidas por el trato arancelario preferencial bajo el T-MEC, y evitaron una caída mayor. Pero la demanda interna se debilitó, el consumo perdió fuerza y la inversión cayó de manera marcada. México evitó tropezar, pero no porque haya encontrado un nuevo impulso, sino porque todavía cuenta con un motor externo que sigue funcionando.
El problema es que ese motor está ahora mismo en revisión. La evaluación del T-MEC, ya es un curso, en una negociación que implica riesgo.
El representante comercial estadounidense, Jamieson Greer, ya admitió que probablemente no se resolverán todos los temas antes del 1 de julio, y el escenario más probable, según el Centro de Estudios Estratégicos Internacionales (CSIS), de Washington, es un ciclo de revisiones anuales que prolongue la incertidumbre o una “extensión dolorosa” que requiere concesiones.
Para una economía cuya principal fortaleza es precisamente su integración con Estados Unidos, esa indefinición es un lastre que Fitch subraya y que no puede subestimarse.
Fitch prevé que en 2026 la economía podría crecer 1.7 por ciento, que es, con todo, una proyección más optimista que la encuesta más reciente de Citi México, que la cifró en 1.4 por ciento. En cualquier caso, se trata de una expansión demasiado modesta para las necesidades del país.
Y aquí aparece otro flanco que merece atención. Fitch señala que la inflación subió a 4.6 por ciento interanual en marzo, con la subyacente en 4.5, y que Banxico ha seguido relajando la política monetaria al considerar esas presiones como transitorias.
La agencia vincula ese sesgo más relajado con la renovación de la Junta de Gobierno y advierte que ha levantado dudas sobre el compromiso del banco central con su meta de 3 por ciento.
En el frente fiscal, Fitch reconoce que el déficit público bajó de 5.7 a 4.9 por ciento del PIB, pero advierte que lo más difícil apenas viene. El ajuste ha descansado en recortar inversión pública y en medidas irrepetibles. La agencia no coincide con la ruta oficial de consolidación: proyecta un déficit de 4.4 por ciento tanto en 2026 como en 2027, por encima de las metas de Hacienda.
Por separado, en sus evaluaciones más recientes, el FMI va más lejos y estima que, sin medidas adicionales, la deuda pública amplia podría alcanzar 61.5 por ciento del PIB para 2030.
Pemex sigue ocupando el lugar de siempre: el de riesgo estructural no resuelto. Hubo cierto alivio temporal gracias al respaldo del soberano y a mejoras operativas puntuales. Pero la conclusión de Fitch no cambia: México seguirá necesitando apoyar recurrentemente a la petrolera. El problema no ha sido corregido; apenas ha sido administrado.
La paradoja mexicana es esa. El país conserva fortalezas suficientes para evitar un deterioro abrupto, pero no ha construido las condiciones para dar el siguiente paso. Tiene disciplina macro, pero no crecimiento vigoroso. Tiene estabilidad externa, pero finanzas públicas cada vez más tensas. Tiene una economía exportadora potente, pero una inversión debilitada por la incertidumbre. Y ahora, algunos de los amortiguadores que han sostenido esa estabilidad —la credibilidad monetaria, la certidumbre comercial con Estados Unidos— ya no se ven tan sólidos.
Fitch, con su lenguaje técnico y sobrio, lo dijo sin dramatismo. México conserva el grado de inversión. Sí. Pero aguantar no es lo mismo que avanzar. Y el espacio para seguir sólo aguantando se reduce.


