Insostenible, hasta para él mismo, resulta la permanencia de Nicolás Maduro como mandamás en Venezuela. En sólo 14 días, una perfecta estrategia psicológica del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, lo tiene con pie fuera del Palacio de Miraflores, donde se plantó desde marzo de 2013.
Su ánimo y su poder se desmoronan como castillo de naipes desde el 7 y el 8 de agosto pasados, cuando la DEA elevó a 50 millones de dólares la recompensa por su captura, y lo señaló como jefe de jefes del Cártel de los Soles, clasificado como organización criminal… y terrorista.
Fue en esos días que el heredero de Hugo Chávez perdió uno de los lujos más preciados: el de la confianza. Ya no puede sentirse seguro ni con sus generales y funcionarios más cercanos. Ni siquiera con su familia. 50 millones de los verdes compran muchos traidores y él lo sabe.
Mucho más cuando, esta semana, el país más poderoso del mundo desplegó tres de sus mejores buques destructores, con 4 mil marinos a bordo, en mares cercanos a Venezuela, además de un submarino de ataque nuclear. Naves de guerra que intimidan al ejército del prócer Bolivariano, y a cualquier otro del mundo.
También sabe Maduro que todos los caminos que tiene enfrente lo llevan al mismo destino: a la prisión de Guantánamo, donde EU recluye a los terroristas. Y el tamaño de la recompensa indica que él es el más peligroso de la historia, por encima de Osama Bin Laden, Sadam Hussein, el Chapo Guzmán, el Mayo Zambada…
Su futuro inmediato está sujeto a tres escenarios. El primero, el ideal pero poco realista, es que Maduro se entregue, junto con sus cómplices.
Otro, el óptimo para Washington y la oposición a Maduro, es que los militares de Venezuela lo capturen y entreguen, convirtiéndose no sólo en millonarios, sino en héroes nacionales con pase garantizado a la historia, además de inmunidad para ellos y sus familias.
Es el más deseado porque, en los hechos y la narrativa, sería una decisión soberana del pueblo venezolano que daría legitimidad al nuevo gobierno, pues nadie podría acusarlo de haber sido impuesto. Un escenario más es la
intervención militar directa, pero es indeseable para Trump y sería como su ultimísimo recurso.
Y es que generaría condenas mundiales, se derrumbaría su sueño por ser nominado
Premio Nobel de la Paz
y quien asuma la presidencia venezolana quedaría estigmatizado como entreguista y títere del imperio, creando innecesariamente un mártir que aliente a los extremistas de la región. De cualquier forma, a Maduro sólo le queda el precipicio. Paraguay, Guyana y Ecuador se alinearon en señalar al Cartel de los Soles como amenaza terrorista. Colombia, de
Gustavo Petro,
dejó que agentes de la DEA colocaran en la frontera con Venezuela una mega manta ofreciendo la recompensa por el dictador. No tiene escapatoria. Es cuestión de días. O de horas. ***
EN EL VISOR: Para Maduro
no habrá avión de la
Fuerza Aérea Mexicana
que lo rescate, como ocurrió con el boliviano
Evo Morales.
Nadie, en su sano juicio, ayudará a un narcoterrorista. POR RAYMUNDO SÁNCHEZ PATLÁN RAYMUNDO@ELHERALDODEMEXICO.COM @R_SANCHEZP