En Bangladesh, donde la Generación Z derrocó en las calles a una autócrata, se celebraron el jueves las primeras elecciones libres en 17 años. Tarique Rahman, un fugitivo político que pasó casi dos décadas de exilio en Londres, será el nuevo primer ministro de un país que quiere dejar atrás las sombras del régimen de Sheikh Hasina, la ex líder escondida en India que enfrenta una pena de muerte por crímenes de lesa humanidad.
El levantamiento estudiantil de 2024 en Bangladesh fue considerado el primero y más exitoso de una serie de manifestaciones masivas de la Generación Z que fueron estallaron por muchos rincones del mundo. En dos semanas, el Gobierno de Hasina fue derrocado. Según una investigación de la ONU, hasta 1.400 personas murieron durante las protestas, la gran mayoría asesinadas en la represión de las fuerzas de seguridad.
Tras la caída de Hasina, algunos líderes estudiantiles ocuparon puestos clave en un Gobierno interino encabezado por un Premio Nobel de la Paz, el economista Muhammad Yunus. El partido de Hasina, la Liga Awami, fue excluido de unas elecciones que han terminado con una victoria aplastante del Partido Nacionalista de Bangladesh (BNP), la formación de Rahman, frente a una coalición liderada por el Jamaat-e-Islami (JIB), un partido islamista de línea dura.
Según las proyecciones del viernes de las cadenas de televisión locales, el BNP obtuvo 212 de los 300 escaños del Parlamento unicameral, una amplia mayoría. “Mi principal prioridad es garantizar el orden público en el país”, declaró Rahman (60 años) durante la campaña. Las cifras mostraron una participación electoral del 60,69%. Estas fueron también las primeras elecciones que brindaron la oportunidad de votar a la diáspora en el extranjero.
El nuevo líder es heredero de una importante dinastía política. Su madre, Khaleda Zia, fue primera ministra durante dos periodos. Su padre, Ziaur Rahman, fue un héroe de la guerra de independencia y presidente entre 1977 y 1981, año en el que fue asesinado en un golpe militar fallido. En Bangladesh, la política ha sido durante décadas un duelo familiar entre los Zia y los Mujib -el linaje de Hasina-, una rivalidad que ha condicionado instituciones, lealtades y venganzas judiciales.
Tras la aplastante victoria de la Liga Awami en 2008, Rahman abandonó el país y obtuvo asilo en Reino Unido. En su ausencia fue condenado por corrupción, blanqueo de capitales, contrabando de armas y por organizar un atentado. Sus detractores sostienen que el exilio fue una huida para evitar responder por sus delitos; sus aliados, que fue la única salida ante una justicia instrumentalizada.
Tras el fin de la era Hasina, los tribunales revisaron y anularon todas las condenas. El regreso del llamado “hijo pródigo” es, para unos, la restitución de un líder perseguido; para otros, la confirmación de que el péndulo bangladesí oscila entre élites irreconciliables.
Un portavoz del BNP dijo el jueves por la noche que el partido “garantizaría absolutamente” la democracia y la libertad de expresión. Pero el BNP también arrastra un pasado oscuro: en su anterior etapa en el poder, a comienzos de los 2000, impulsó la creación del Batallón de Acción Rápida, una fuerza paramilitar acusada de ejecuciones extrajudiciales y desapariciones forzadas, especialmente contra seguidores de la Liga Awami y minorías religiosas como la hindú. La promesa de democracia y libertad de expresión que repiten ahora sus portavoces convive con ese demoledor expediente.
El pasado noviembre, el Tribunal de Crímenes Internacionales de Bangladesh condenó a muerte a Hasina por la represión del levantamiento estudiantil. Los jueces concluyeron que la entonces primera ministra conspiró en el asesinato de civiles e instigó la violencia contra miles de jóvenes que protestaban pacíficamente. El estallido comenzó con una reivindicación técnica -la abolición de un sistema de cuotas en el empleo público- y derivó en un movimiento frontal contra el autoritarismo.
El legado de Hasina es paradójico. Bajo su mandato, Bangladesh -170 millones de habitantes, mayoría musulmana- encadenó años de crecimiento robusto, impulsado por la industria textil y las remesas. Se convirtió en la segunda economía del sur de Asia, sólo por detrás de India. Pero el progreso convivió con una deriva autoritaria: control de los medios, encarcelamiento de opositores y elecciones cuestionadas por observadores internacionales. A comienzos de 2024, Hasina obtuvo un cuarto mandato consecutivo en unos comicios boicoteados por la oposición y señalados por múltiples irregularidades.
La revolución actual, sin embargo, ha pasado factura a la economía. La inflación ronda el 8,5%, las previsiones de crecimiento se han recortado y la inversión extranjera directa cayó a mínimos de seis años en el tercer trimestre de 2025. El nuevo Gobierno heredará una economía muy frágil y un clima de incertidumbre que inquieta a los inversores.


