Esta semana el conjunto bruselense bullía. Con el Parlamento Europeo reunido en Estrasburgo, los rumores, susurros al oído y filtraciones de tapadillo proliferaban. Reproches entre instituciones, tensiones entre gobiernos. Funcionarios hablando bajo compromiso de anonimato, embajadores compartiendo anécdotas maliciosas. Críticas a Ursula von der Leyen por doquier, maniobras en el seno de la Eurocámara y tomas de posición extremosas de alguna capital. Todo ello alimentando el habitual relato del “lío de Bruselas”, concentrado, eso sí, en la presidenta de la Comisión como blanco.
Pero ese relato se queda en la superficie. Porque lo acontecido estos días es solo la espuma del momento; y una cortina de humo. Sirvió para velar lo relevante: la desorientación de los diferentes actores UE frente a un mundo que ha cambiado más rápido que la capacidad de adaptación del proyecto europeo.
Animosidades varias cargaban el ambiente. Entre ellas, destacan: los avatares del cierre de Mercosur; los remoloneos de Orbán obstaculizando la activación de los 90 mil millones de euros de préstamo a Kyiv acordado por el Consejo Europeo; los recelos ante planteamientos como la “adhesión inversa” propuesta por la Comisión para sortear el embrollo de la membresía ucraniana; el regreso implícito de la recurrente “cuestión alemana” con el giro estratégico de Berlín; las divergencias respecto a la vinculación con Estados Unidos, o la conexión con China. No son incidentes aislados; son manifestaciones heterogéneas de una idéntica desazón.
Al inicio del siglo, la construcción europea se proclamó portadora del futuro. Se auguraba un siglo triunfal para el método de la Unión y su aptitud para persuadir mediante reglas, estándares y mercado, sin ejercicio de fuerza. El “efecto Bruselas” parecía confirmar esa tesis.
Aquella visión tenía base. Desde las vacas flacas actuales, no cabe olvidar que en 2008, antes de estallar la crisis desencadenada por la quiebra de Lehman Brothers, el PIB agregado de la eurozona era equivalente al estadounidense en términos nominales. Pero descansaba sobre una premisa raramente explicitada: el poder normativo europeo se fundaba en la garantía de Estados Unidos. Mientras Washington asumía el peso último de la seguridad, Bruselas podía concentrarse en exhibir su modelo regulatorio y su atractivo económico. Esa condición se ha diluido. Y ahí empieza la explicación sustantiva del malestar europeo presente, derramado en críticas acerbas a Von der Leyen.
La aserción -despojada de contexto- “Europa ya no puede ser la guardiana del viejo orden mundial” de Ursula von der Leyen en la Conferencia Anual de Embajadores ha resultado en una tormenta de ataques, cuando lo emblemático era la reflexión incontrovertible que seguía: defender el orden internacional exige hoy capacidades que Europa todavía no ha decidido plenamente construir.
Ese es un auténtico nudo gordiano. La defensa de principios es consustancial a nuestra andadura, como reafirmó en el arranque de su intervención ante la Eurocámara dos días después; más una reformulación que un desdecirse como se ha pretendido. La interpretación canónica generalizada es de una “rectificación”, un supuesto “acercamiento” o “concesión” al grupo socialista europeo (donde el Gobierno español ejerce influencia reconocida), para lavar su distanciamiento del “no a la guerra” y del posicionamiento del presidente Pedro Sánchez.
Estas ambigüedades lastran igualmente la reciente actividad diplomática alemana. Los concatenados viajes relámpago de Friedrich Merz a Pekín y Washington escenifican el precario equilibrio europeo entre intereses económicos y realidades geopolíticas. Pero reverberan en la controversia larvada sobre la inversión de sumas colosales en el campo militar nacional. Comprensible desde la lógica de Berlín, inevitablemente remueve un viejo trasfondo de suspicacias y miedos en torno a la histórica “cuestión alemana”. No en su dimensión política del pasado, sino en su nueva trascendencia estratégica: cómo se articula la envergadura de esas capacidades dentro de un marco genuinamente europeo, todavía balbuciente.
Análogos equívocos caracterizan la relación con China, descrita por la Comisión como socio, competidor y rival sistémico, simultáneamente. Esa enredada definición denota la dificultad europea para enfrentar sus contradicciones. Algo semejante ocurre en la economía. Europa identifica correctamente sus carencias -finanzas, comunicaciones electrónicas y energía, en certero enunciado del informe Letta– pero tropieza cuando toca ejecutar resoluciones que implican traspaso de soberanía.
El problema europeo no es, así, de diagnóstico. Es de decisión. Y estos titubeos vienen opacados por los ubicuos debates de “es que dijo”, “es que es intolerable”.
Las malquerencias que han aflorado entre responsables políticos y alto funcionariado comunitario deben leerse desde esa perspectiva. La Comisión no dispone formalmente de competencias en ámbitos de defensa o exteriores. Pero cuando los Estados miembro no toman iniciativas, la cesarista mandataria ocupa el espacio a partir de las potestades marginales arbitradas por el Tratado. Ursula von der Leyen ha servido de válvula de escape para presiones que tienen su origen en otro lugar. Esperemos que una atmósfera despejada propicie el éxito del Consejo Europeo del 19/20, llamado a adoptar medidas extraordinarias para salir del marasmo que nos aqueja.
El Parlamento Europeo adolece de similar fragmentación. Su composición traduce fielmente las divisiones existentes en -y entre- los Estados miembro. Las tiranteces políticas actuales no son anomalías coyunturales. Son la expresión de un continente más heterogéneo, más expuesto y más consciente de sus vulnerabilidades; un continente envejecido que necesita hacerse adulto estratégicamente.
Porque ese es el fondo del problema. Europa atraviesa una fase de confusión esencial. No todos los Estados perciben las amenazas igual. Rusia o el Sahel no significan lo mismo en Polonia y España, y la ampliación pendiente o el orden de prelación entre Ucrania y los Balcanes tienen una lectura marcadamente disonante en las capitales, según la geografía y la historia. Estas disparidades esclarecen muchos de los atolladeros para estructurar respuestas comunes.
La crisis en torno a Irán no causa estas fracturas, pero sí las ha perfilado. Ha sido catalizador de disensos latentes en desacuerdos abiertos. Bruselas puede continuar gestionando estas tensiones como episodios políticos consabidos: buscar en quien descargar el estrés, exorcizar incertidumbres y volver después a una aparente normalidad hasta la siguiente crisis. Ha funcionado en el pasado. Pero el contexto vigente es distinto. El mundo se está reconfigurando en torno al poder, la seguridad y la escala económica. Y en estas circunstancias, la indefinición estratégica deja de ser neutral. La cuestión que tiene ante sí Europa no es si quiere seguir defendiendo el orden internacional basado en reglas, lo hará siempre. Es si tomará las decisiones imprescindibles para seguir siendo un actor que cuente en ese orden.
El verdadero riesgo no es que Europa deje de ser promotora del orden internacional. El verdadero riesgo es que la desorientación le impida preservar la coherencia y la ambición estratégica del propio proyecto de futuro, con riesgo incluso de desmoronamiento de lo edificado.


