Si al menos Rusia hubiera invadido un país vecino en los últimos años, Trump habría podido tomar nota de cómo un ejército menos capacitado puede frustrar un intento mal planificado de cambiar un régimen. Si -imaginemos- alguna gran potencia militar euroasiática hubiera sufrido recientemente el acoso de dispositivos navales y aéreos baratos, hasta destruir varios de sus bombarderos estratégicos, dañar sus refinerías o hundir algunos de sus buques más avanzados, quizá Trump habría tenido la oportunidad de calcular mejor el desafío que supone la revolución militar de los drones. Si, además, sus satélites le hubieran desvelado a tiempo que Irán tiene la posición más ventajosa sobre el Estrecho de Ormuz, habría valorado que su objetivo inicial podía verse alterado y quedar a merced de un chantaje de difícil solución.
Así que, teniendo todo eso ante sus narices, ¿por qué Trump infravaloró los riesgos de los que, sin duda alguna, sus estrategas le advirtieron?
Sin objetivos claros y sin un plan de salida, el presidente sube ahora peldaños en un escenario cada vez más peligroso. El profesor Robert Pape, de la Universidad de Chicago, cree que Estados Unidos se acerca al tercer nivel de lo que denomina “la trampa de la escalada”. Una vez se entra en una dinámica incontrolada, el atacante se ve tentado a desplegar tropas sobre el terreno para lograr sus objetivos políticos. Es entonces cuando la trampa, cree Pape, se cierra sobre la víctima. Una superpotencia democrática como Estados Unidos, donde la opinión pública y los ciclos electorales son factores decisivos, se enfrentaría al desgaste de los jóvenes muertos a miles de kilómetros de casa. Tomar Okinawa en 1945, por ejemplo, costó 82 días y más de 12.000 vidas estadounidenses.
Irán ya ha explotado esa debilidad en otras ocasiones: humillando al presidente Carter con el secuestro de 52 estadounidenses en la embajada de Teherán en 1979; acelerando la retirada de tropas estadounidenses del Líbano en 1984 tras los atentados de Beirut; o desgastando la presencia de Washington en Irak durante años con milicias pastoreadas por Teherán.
Washington sigue acumulando fuerzas en la región con el envío de miles de marines y tropas aerotransportadas que ya están allí o van de camino a la zona. De momento, Trump remolonea con un ultimátum que estira mientras mira de reojo a unos mercados castigados. Con o sin despliegue terrestre, los estadounidenses ya sufren la presión iraní en sus bolsillos, a solo ocho meses de las elecciones de medio mandato.
Más allá de las consecuencias internas, la guerra perfila su imagen hacia el exterior. En un artículo en The Atlantic, el profesor Eliot A. Cohen reconoce que nadie como Estados Unidos puede proyectar fuerza de ese modo durante semanas, con unos medios de inteligencia -humanos y tecnológicos- que le proporcionan una ventaja inigualable. Pero detecta problemas graves: los arsenales de proyectiles se están consumiendo a más velocidad de lo que se pueden reponer. Algunas estimaciones señalan que Estados Unidos ya ha disparado más de 850 Tomahawk en cuatro semanas. Es una cifra preocupante si se tiene en cuenta que cada año se fabrican unos pocos centenares. Y son sistemas muy caros. Un dron Shahed iraní cuesta unos 50.000 dólares, frente a los cuatro millones que supone un misil interceptor. A Cohen también le preocupan la reducción de buques de la US Navy mientras la marina china no deja de crecer, la vulnerabilidad de los radares estadounidenses -atacados en al menos diez ocasiones por drones iraníes- o la falta de protección de los aviones militares en bases de Oriente Próximo. Eso le lleva a resaltar los problemas que podría encontrar Washington si en el futuro sostiene una guerra larga contra un rival más exigente.
Trump no parece haber prestado suficiente atención al entorno antes de decidir atacar Irán junto a Israel. Quizá en Pekín, donde contemplan una futura anexión de Taiwan, sí estén tomando buena nota de su desempeño.


