El entusiasmo por la inteligencia artificial no desapareció; cambió la vara con la que el mercado mide a quienes invierten en ella.
El jueves pasado, Microsoft tuvo su mejor día en Bolsa desde 2008: subió 15.5 por ciento y agregó cerca de ¡450 mil millones de dólares! a su valor de mercado en una sola jornada.
Casi al mismo tiempo, Meta se hundía alrededor de 8 por ciento pese a reportar ingresos récord.
Dos gigantes tecnológicos, dos reportes trimestrales y dos veredictos opuestos. El entusiasmo por la inteligencia artificial no desapareció; cambió la vara con la que el mercado mide a quienes invierten en ella.
La corrección ya había empezado en los eslabones de la cadena de valor más expuestos al auge. Desde sus máximos de junio, las acciones mundiales de semiconductores perdieron alrededor de 3.3 billones de dólares de valor. En Corea del Sur, el índice Kospi —dominado por Samsung y SK Hynix— llegó a caer cerca de 40 por ciento desde su pico, en una venta agravada por posiciones apalancadas. La pregunta es si la presión llegará al centro del negocio, en Estados Unidos.
The Economist, en un artículo reciente, ofrece una medida del desafío. Las grandes tecnológicas estadounidenses gastaron unos 450 mil millones de dólares en infraestructura el año pasado; este año invertirían cerca de 900 mil millones y para 2027 sus planes podrían alcanzar 1.4 billones.
Según el cálculo del semanario, justificar esa inversión exigiría ingresos anuales por servicios de IA cercanos a 2.5 billones de dólares. Hoy la industria genera alrededor de 150 mil millones. No es una proyección condenada al fracaso, pero sí una brecha de más de dieciséis a uno que obliga a preguntar quién pagará, cuánto y durante cuánto tiempo.
La adopción de la IA ofrece señales mixtas. Los datos del Census Bureau indican que el uso empresarial de IA mostró un estancamiento durante varios meses. Una encuesta de Jon Hartley, de la Universidad de Texas, calcula que la proporción de trabajadores que la utilizan bajó de un máximo de 46 a cerca de 33 por ciento. En Reino Unido, aproximadamente la mitad de las empresas usuarias no paga por estas herramientas; y entre los clientes de la fintech Ramp el gasto mediano ronda apenas 11 dólares mensuales por trabajador. La disposición a pagar todavía está lejos de sostener por sí sola la infraestructura anunciada.
Por eso el mercado empezó a discriminar. Microsoft mostró monetización: su nube, Azure, creció 43 por ciento, superó los 100 mil millones de dólares de ingresos anuales y Copilot rebasó 30 millones de licencias pagadas. Meta mostró la otra cara: obtuvo ingresos trimestrales récord de 60.8 mil millones, pero su flujo de caja libre cayó 91 por ciento, a 784 millones, mientras elevó su plan anual de inversión a entre 130 y 145 mil millones. Invierte a gran escala, pero todavía sin una vía de monetización tan visible como la de Microsoft.
Alphabet (Google) también elevó su gasto y registró un flujo de caja libre negativo por primera vez desde su salida a Bolsa en 2004. El mercado no está castigando toda inversión en IA: está exigiendo pruebas de que esa inversión puede convertirse en ventas y caja.
Hay un segundo frente de tensión: cómo se financia la expansión.
JP Morgan estima que el gasto de capital de los grandes proveedores de nube pasó de representar 33 por ciento de su flujo operativo en 2023 a un estimado de 93 por ciento en 2026, dejando una capacidad casi nula para maniobrar. Con menos margen, la deuda gana terreno. También crece el financiamiento circular: fabricantes de chips e ‘hiperescaladores’ invierten en laboratorios y proveedores de cómputo que, a su vez, les compran equipos o capacidad. El FMI y el Banco de Pagos Internacionales han advertido que estas interconexiones pueden amplificar pérdidas y transmitirlas al sistema financiero.
México está en este ciclo y no está exento de riesgos. La Asociación Mexicana de Data Centers prevé inversiones por 82 mil 500 millones de dólares entre 2026 y 2031, y Querétaro concentra alrededor de 72 por ciento de la capacidad instalada. Es una oportunidad histórica de relocalización, pero su valor dependerá menos de los anuncios que de la solidez de los contratos, la disponibilidad de electricidad y quién absorba el riesgo si la demanda resulta menor a la prevista.
Para las afores y otros inversionistas mexicanos, la exposición directa o indirecta a las tecnológicas estadounidenses también puede implicar mayor volatilidad.
Que la IA transformará la economía está fuera de duda. Que toda inversión anunciada será rentable, esa es otra historia.


