La doctora Irina Malykhina, de 32 años, fue uno de los miles de residentes de Kramatorsk que abandonaron la ciudad al inicio del 2022 cuando Moscú lanzó la invasión general de Ucrania. Regresó en abril del año pasado cuando pensó que las tropas rusas eran incapaces de avanzar en ese mismo territorio y abrió su consulta de cosmética.
Cada semana, cuenta, recibe a media docena de clientes que le piden inyecciones de bótox. “Las ucranianas somos muy coquetas, incluso en las situaciones más difíciles. No queremos tener arrugas”. El siguiente dato es todavía más singular. La mayoría de los que acuden al centro -entre un “60 y un 70%”, apunta- son militares que pelean en la zona. “La mayoría mujeres pero también hay hombres”.
Irina es consciente de la dualidad en la que actualmente se mueven los residentes de esta población o la vecina Sloviansk, sumidas ambas en una coyuntura más que atípica, donde todavía pueden disfrutar de lujos como los tratamientos estéticos o una plétora de restaurantes de sushi, pero también tienen que lidiar con los ataques cada vez más repetidos de drones o las bombas KAB de 250 kilos.
El espíritu de placidez que domina en las instalaciones de la clínica de Irina contrastaba de forma brutal con los sonidos que se prodigaron horas antes en Sloviansk. En torno a las 21:30, la oscuridad de la noche se vio interrumpida por un fogonazo de luz ingente acompañado de un monumental estruendo. Era la primera explosión de muchas. Los impactos hicieron estremecer el bloque de apartamentos. Las ventanas temblaban, a punto de quebrarse. Eran las temidas KAB.
Los enormes artefactos -de efectos devastadores- se han incorpordado a la rutina diaria de Sloviansk, donde todavía viven varias decenas de miles de personas.
Veinticuatro horas antes, el día 3, los rusos lanzaron nueve ingenios similares contra sus calles, dejando casi una decena de heridos.
Una de las KAB cayó en la avenida que conduce hacia la estación de tren, ahora inoperativa.
“Estaba viendo la televisión junto a mi hijo y terminamos por el suelo”, recordaba Tatiana (no quiso dar su apellido), de 44 años, mientras preparaba una plancha de madera para suplir las ventanas que destruyó el suceso.

Desafiando a la lógica, la familia de la ucraniana resultó ilesa pese a que el artefacto arrasó la casa contigua. La onda expansiva arrancó puertas, ventanas, muros y trozos de los techos de más de una decena de viviendas del entorno. Uno de los vecinos de Tatiana se cuenta entre los heridos. Sufrió graves quemaduras. “Estaba dentro del coche y ardió”, refiere la señora.
Junto al resto de núcleos urbanos de la provincia de Donetsk todavía en manos de las fuerzas ucranianas, Sloviansk se ha convertido en lo que va de año en el principal destino de las bombas voladoras. Según el Ministerio de Defensa local, los rusos han lanzado 44.000 de estos proyectiles en todo el país.
Sloviansk fue el epicentro de la intervención rusa en Ucrania en la primavera del 2014, cuando Moscú alentó la sublevación de grupos separatistas. La ciudad se convirtió en el cuartel general de las fuerzas comandadas en aquel entonces por el ex militar ruso Igor Girkin, que mantuvo su control hasta los primeros días de julio, cuando el ejército ucraniano lo recuperó, al tiempo que liberaba Kramatorsk.
Poco más de una década después, la conflagración ha regresado a las inmediaciones de estos dos núcleos urbanos como parte de la ofensiva general que han lanzado los rusos contra el territorio de la provincia de Donetsk que todavía controla Ucrania.
Azuzados por la superioridad constatada en hombres y logística bélica de la que se benefician, el ejército de Moscú no ha cesado de progresar en este frente, pese a la sangría que sufre. El avance, lento pero constante, les ha permitido ampliar la “zona de la muerte” donde actúan sus drones a casi todo el espacio dominado por los ucranianos, donde todavía viven cerca de 200.000 personas. Localidades como las citadas Sloviansk, Kramatorsk, Durzhkivk o Svyatorkirsk se encuentran ahora dentro del área de acción de los aparatos no tripulados (UAS).

Según la página ucraniana Deep State, especializada en el análisis de la situación militar, los rusos ocuparon más de 500 kilómetros cuadrados en noviembre, duplicando casi la velocidad de su marcha si se compara con los resultados de septiembre y octubre. Las fuerzas ucranianas intentan a duras penas mantener el control de enclaves como Pokrovsk, Myrnohrad o Syversk, en Donetsk; Vovchansk y Kupyansk, ubicadas en Jarkiv; y Hulyaipole, de la provincia de Zaporiyia, pero la suerte de varias de ellas parece casi decidida a favor de los subalternos del presidente Vladimir Putin.
Sin embargo, el think tank Instituto para el Estudio de la Guerra, con sede en EEUU, reconoció que al ritmo que progresan los soldados de Moscú, la captura del resto de Donetsk no se produciría antes de agosto del 2027.
Desde las instalaciones del Centro Hospitalario Otmo de Kramatorsk se pueden escuchar las detonaciones procedentes de la zona de confrontación. “Está a 15 kilómetros de aquí”, indica el doctor Oleksander Heiko, responsable de la institución.
El complejo médico lo mismo trata a pacientes de cáncer, que aquellos con problemas cardiológicos o enfermos de riñón.
Pero en esta región ucraniana los enfermos no sólo se enfrentan a estas graves dolencias. También tienen que lidiar con la devastación que deja el avance ruso a su paso. Las imágenes de edificios, mercados o negocios calcinados cada vez son más obvias en estos dos núcleos urbanos, que hasta el año pasado eran retaguardia y por tanto destino para el reposo de los militares que combatían una confrontación que todavía se pensaba lejana.
Sirgii tiene cáncer de laringe. Sólo puede comunicarse a través de un aparato que lleva instalado en la garganta y que reproduce sonidos de tono metálico. Así explica que su aldea ha “sido arrasada”. “No queremos más guerra”, añade.
Muchos de los especialistas bajo las órdenes de Heiko, y él mismo, son desplazados a causa del conflicto. El máximo responsable de Otmo tuvo que abandonar todas sus pertenencias en la ciudad de Donetsk -la capital de la provincia- cuando las fuerzas prorrusas la ocuparon en 2014. Lo mismo le ocurrió a Svitlana Hetman, la responsable de cardiología.
Esta última advierte que la presión que sufre la población ha generado un incremento de las afecciones cardiacas entre los jóvenes. “Hemos tenido infartos en un soldado de 25 o un civil de 30 años”, dice.
No son casos exclusivos de los visitantes del centro. Al menos dos doctores del equipo de Heiko -que ronda la treintena- han muerto por el mismo trastorno y otros dos han sufrido ictus. “Es una proporción de casos totalmente anormal. Es obvio que tiene relación al estrés que sufren por la guerra“, comenta.
En el departamento de hemodiálisis, Sergio Cherkasov reconoce que tuvo que mudarse desde la cercana población de Konstantinivka a Kramatorsk para estar más cerca de las máquinas a las que tiene que conectarse tres veces a la semana. Su vivienda fue asolada hace tres meses, siguiendo la suerte de casi toda esa urbe, situada en las inmediaciones de Kramatorsk. Si la guerra continúa aproximándose y se decreta la evacuación, el ucraniano de 65 años se vería abocado a una coyuntura crítica. No sobreviviría más de 10 días sin la depuración de su sangre.
“Mis preocupaciones se dividen a la mitad: 50%sobre la guerra y 50% sobre mis riñones”, apunta con un tono resignado.
Tanto Heiko como uno de sus subalternos, el doctor Klim Kietov, de 30 años, comparten el pesimismo que se está generalizando entre la población local y en muchos soldados que pelean en esta región.
“Tarde o temprano perderemos Kramatorsk. No será ahora sino en dos o tres años. Pero antes veremos cómo los rusos la arrasan como hicieron con Bajmut o Pokrovsk”, considera Heiko. Klim asiente. Admite que los residentes de esta localidad -de la que es nativo- no quieren hablar de la aproximación de los rusos. “Es una especie de tabú, pero desgraciadamente la situación es cada vez peor”, reconoce.
La opinión de estos nativos de Donetsk concuerda con la multiplicación en las últimas semanas de comentarios cada vez más alarmistas de prominentes figuras del país, que han empezado a manifestarse en ese sentido conforme se confirmaba el retroceso ucraniano en la mayoría de los frentes.
En noviembre el conocido activista Serhii Sternenko estimó que el país se dirige “a un desastre de magnitud estratégica que podría significar la pérdida del Estado”.
Nadie podrá acusar a Sternenko de veleidades prorrusas, tras haber sufrido dos atentados contra su vida que atribuyó a Moscú y lidera un fundación que proporciona toneladas de material a las fuerzas armadas locales.
“Nuestra defensa se está desmoronando”, escribió el popular bloguero en las redes sociales.
Uno de los analistas militares más significativos del país, Taras Chmut -cuya fundación también asiste a las Fuerzas Armadas- compartió en esos días el mismo juicio de valor. El activista, que peleó en la primera fase de la guerra entre 2015 y 2017, dijo que la “dinámica de pérdida de posiciones y retrocesos no cesa de aumentar, y no hay perspectivas de cambiarla”. Chmut fue contundente. Para él, el ejército ucraniano se enfrenta a un posible “colapso” ante la falta de soldados, con brigadas que sólo tienen algunos cientos de uniformados cuando deberían agrupar a miles.
Otro experto, el militar austriaco Tom Cooper, cuyos comentarios aparecen de forma regular en el diario local Pravda Ucrania, publicó hace pocas semanas un análisis más que pesimista en el que concluía que “Ucrania está perdiendo la guerra”. Cooper precisó que los ucranianos enfrentan una significativa desventaja tanto en material como en fuerzas. Según su cálculo, Rusia puede disponer en algunos sectores de ocho soldados por cada uno de los ucranianos.
“El tiempo estimado para el colapso total (de las fuerzas armadas locales) va desde los cuatro a seis meses, a los ocho o diez”, concluía.
Ihor Lutsenko, ex diputado ucraniano y ahora comandante de una unidad de drones, reconoció a los medios locales que la amplia mayoría de las Brigadas ucranianas “se han quedado sin infantería o casi sin ella”.
Según él, la media de hombres que pueden desplegar las unidades de su ejército para controlar cada kilómetro de la línea divisoria es de cinco soldados. “Eso significa que casi no tenemos infantería”, insistió.
Los militares que intentan frenar los continuos asaltos rusos se dividen entre los que como Igor ‘Archibaldt’, de 39 años, admiten que Donetsk “se perderá en uno o dos años”, y los que siguen aferrados a la esperanza.
Personajes como Ilya Leaf, alias ‘Izia’, un empresario de 38 años que vendía chocolate y café, que se alistó en el ejército en 2022 y aprovechando su devoción por el aeromodelismo, ha establecido una de las formaciones más innovadoras de las que combaten en Donetsk.
“¿Quién podía pensar que los ejército alemanes iban a ser derrotados en 1941?”, asevera en el improvisado taller donde trabajan sus subordinados.
Sus acólitos se dedican a construir sus propios drones para apoyar a los soldados de infantería que defienden el sector de Konstantinivka. A uno de ellos le han dado el nombre de “Quasimodo”. “Puede llegar a 20 kilos de carga a 20 kilómetros de distancia. Todo está automatizado. Tocas el botón, va al punto de destino, lanza la carga y regresa“, precisa.
“Nosotros peleamos por nuestra tierra y eso también cuenta en la guerra”, le secunda uno de sus compañeros de armas.
El general Viktor Nazarov, un antiguo asesor militar del presidente ucraniano, es otro de los que no secunda el pesimismo. Para él, la situación de Ucrania “no es crítica”. “Para que exista una penetración relevante, los rusos necesitarían avanzar 20 ó 30 kilómetros. Eso no es posible hoy en día bajo la acción de los drones”, aclara en una charla telefónica.

Dominados por la incertidumbre, los civiles que todavía habitan en Donetsk han retomado el éxodo que registró la región en 2022, cuando cundió el pánico ante la ofensiva general de Moscú. Según Radio Bezkoshtovne, una emisora local, en octubre pasado la población era sólo de 200.000 habitantes, menos de la mitad de los 460.000 que se contabilizaban en agosto del año anterior. Decenas de miles han dejado el área en los últimos meses.
Es lo que está planeando hacer Viktoria Borotkina, de 52 años, propietaria de una funeraria en Druzhkivka. Las calles de alrededor exhiben los desgarros que han dejado los constantes asaltos de la artillería y los UAS rusos. La principal avenida está salpicada de viviendas, factorías, edificios municipales y hasta el cine local, reducidos a escombros por la hostigación del ejército de Moscú. En los últimos días, los UAS rusos han dejado al menos dos coches convertidos en chatarra calcinada, al atacarlos en pleno centro de la localidad.
Alguien ha escrito toda una ristra de mensajes en inglés en los muros de esa calle. “Tomahwawk es el mejor negociador con Rusia”, se lee en uno en referencia a los misiles de EEUU, que el líder de ese país, Donald Trump se niega a entregar a Kiev.
“En estos últimos tres meses hemos enterrado a docenas de personas. La mayoría víctimas de las KAB pero también de los drones”, comenta.
Aquí los estampidos procedentes de la zona de confrontación se suceden cada pocos segundos, lo cual no impide que los vecinos aprovechen las pocas horas que tienen al día para salir a la calle. En Druzhkivka, el toque de queda sólo se levanta cuatro horas por jornada.
“El frente cada día está más cerca y cada noche me acuesto con miedo. Estamos pensando en irnos a Ivano Frankivsk (en el oeste del país)”, añade Borotkina.
Anatoli Tokarev vive justo a las afueras del Donbás ucraniano, en la ciudad de Pavlograd. Veterano de la guerra del 2014, ‘Grandpa’ -su alias militar- se dedica a atesorar parafernalia bélica, desde drones ‘Shaheed’ a vehículos blindados, o misiles.
El ucraniano comparte con sus ex compañeros de armas la predicción pesimista respecto al futuro de la guerra y no se reprime a la hora de criticar al liderazgo político del país. “Si ves que tus líderes son unos corruptos, ¿cómo afecta eso a tu moral?”, inquiere.
Sin embargo, incluso asumiendo que los rusos “destruirán” Pavlograd, Anatoli se niega a entregar el Donbás como propone el hipotético plan de paz que apadrina Donald Trump, para conseguir poner fin a las hostilidades con Rusia.
“Yo estoy condenado. Los rusos tienen listas de la gente que peleó en 2014. Estamos marcados. Me matarán si firmamos la paz o si seguimos combatiendo. Así que prefiero pelear hasta el final”, sentencia.
“Se trata de seguir luchando aunque arrasen todo Donetsk porque así, en dos o tres años habrán perdido tantos soldados que no podrán seguir avanzando”, le secunda Igor ‘Archibaldt’.


