Pero en medio de ese tono constructivo, conviene no perder de vista que nada está garantizado. Los desafíos de fondo son mayúsculos.
La jornada de ayer, primera sesión de trabajo en la Ciudad de México de la segunda ronda de conversaciones bilaterales rumbo a la revisión del T-MEC, dejó más señales positivas de las que muchos esperaban.
Lo primero, que haya venido el propio representante comercial de Estados Unidos, Jamieson Greer, y que haya decidido invertir una jornada completa en escuchar, no es algo usual.
Greer llegó el domingo y desplegó ayer una agenda intensa: reunión con la industria acerera, afectada por los aranceles del 50 por ciento que derivan de la Sección 232 y que han provocado, según la industria, una caída superior al 50 por ciento en los envíos mexicanos al mercado estadounidense; encuentro con la industria automotriz, cuyas exportaciones cayeron 6.1 por ciento en el primer bimestre, según el INEGI; reunión con el Consejo Coordinador Empresarial; almuerzo con el Consejo Mexicano de Negocios; y cierre con la American Chamber of Commerce of Mexico.
Toda una zambullida con el sector privado.
A esa secuencia se sumaron mesas técnicas sector por sector —acero y aluminio, automotriz, agropecuario, farmacéutico, electrónica y dispositivos médicos—, es decir, la columna vertebral del comercio manufacturero bilateral.
Y un detalle previo de fondo que va más allá del protocolo: el encuentro en Palacio Nacional entre la presidenta Claudia Sheinbaum y Greer.
Ningún representante comercial estadounidense, desde la negociación del TLCAN en los años noventa, había sido recibido formalmente por un presidente mexicano.
Las negociaciones internacionales suelen moverse entre pares; que un jefe de Estado abra la puerta a un funcionario del rango de USTR es, en sí mismo, una señal política.
La segunda buena noticia fue operativa: al cerrar el día, Ebrard confirmó que la siguiente ronda —ya con formato de negociación técnica y formal— arrancará la semana del 25 de mayo en la Ciudad de México.
Fijar fecha no es mero trámite: es el insumo que los inversionistas y las cadenas de suministro necesitan para planear.
El equipo técnico de USTR permanecerá en la capital hasta el miércoles trabajando con los negociadores mexicanos en la agenda temática.
Vale la pena recordar el calendario de atrás: Greer debe comparecer esta misma semana ante los comités de Medios y Procedimientos de la Cámara de Representantes y de Finanzas del Senado, y el 1 de junio tiene que informar oficialmente al Congreso estadounidense si Estados Unidos continúa o no como parte del T-MEC, con miras a la revisión trilateral del 1 de julio, cuando se incorpora formalmente Canadá.
Hasta aquí, las buenas señales. Y son reales.
Pero en medio de ese tono constructivo, conviene no perder de vista que nada está garantizado. Los desafíos de fondo son mayúsculos.
El primero: la agenda arancelaria estadounidense sigue abierta. La Sección 232 no se destraba con un apretón de manos en el Club de Banqueros. La industria siderúrgica mexicana ya recibió el golpe; la automotriz lo recibe cada día. Y en paralelo avanza la investigación del USTR bajo la Sección 301 sobre supuesto exceso de capacidad manufacturera. Por eso el CCE, la Concamin y el INDEX enviaron el 14 de abril una misiva a Greer solicitando excluir a México de cualquier medida que derive de esa investigación.
La integración productiva regional es el argumento mexicano; la pregunta es si Washington lo compra.
El segundo: las barreras no arancelarias. El expediente que Washington tiene abierto incluye el esquema energético, las condiciones en telecomunicaciones y, muy en particular, la posibilidad de participación privada en la producción de litio, entre otros temas.
Hay en el Congreso mexicano borradores de enmiendas que llevan meses sin votarse. Ese tipo de decisiones ya no es de Economía; pasan por Palacio Nacional.
El tercero: los temas políticos que rebasan el capítulo comercial y que la parte estadounidense trae de arrastre, incluida la reforma judicial y las inquietudes manifestadas públicamente por funcionarios de la administración Trump sobre la exposición de jueces electos a influencias externas.
El cuarto: el reloj. Entre el 20 de abril y el 1 de julio caben once semanas, en las que además está el arranque del Mundial. Es muy poco tiempo para procesar una agenda tan densa como la que está sobre la mesa.
En suma: la pieza se mueve, y se mueve en la dirección correcta. Que Greer haya destinado un día a escuchar a los sectores productivos, que se haya sentado con la presidenta, y que haya fecha firme para las negociaciones formales son avances que habría que valorar.
Pero confundir tono con resultado sería un error caro.
El saldo del día fue positivo; el saldo final depende de traducir ese tono en acuerdos concretos sobre aranceles, reglas de origen y barreras no arancelarias.
Y ahí, el trabajo duro, de funcionarios públicos de México y de representantes del sector privado, apenas va a empezar.


