Llegamos al día 20 de la pausa de 90 días que fijó Trump para aplicar aranceles a México.
¿En dónde estamos ahora y cómo se ve a México desde EU?
En Washington se percibe a México como un socio indispensable… pero también como un vecino al que se le puede presionar.
La expectativa es que ese tiempo se use para amarrar un entendimiento más amplio: seguridad fronteriza y combate al fentanilo a cambio de certidumbre comercial.
La paradoja es que, mientras voces empresariales y analistas en Estados Unidos alertan de que la estrategia tarifaria de Trump encarece insumos y erosiona las cadenas de valor, desde los medios gubernamentales se mantiene el respaldo a la presión como método de negociación.
Mary Anastasia O’Grady, columnista de The Wall Street Journal, usualmente una pluma muy crítica del gobierno mexicano, señaló en su artículo de ayer, titulado “No bombardee México, Mr. President”, el profundo cambio que se está viviendo en materia de seguridad en el país, con estrategias eficientes y una disposición a la colaboración, por lo que advierte de las consecuencias negativas para la seguridad de su país, si el presidente Trump cae en la tentación de realizar una operación militar ‘quirúrgica’, lo que resultaría contraproducente para la lucha contra los cárteles criminales.
La narrativa oficial de la Casa Blanca, sin embargo, insiste en que no hay cheques en blanco. La prórroga de 90 días no fue un regalo, sino una oportunidad condicionada.
Sin resultados en ese frente, cualquier compromiso en materia arancelaria será temporal.
En este contexto, México busca, con toda razón, un acuerdo estable que vaya más allá de la pausa: un pacto en el que se incluyan compromisos de seguridad verificables y la certeza de que seguirán vigentes las ventajas del T-MEC.
La lógica es aprovechar la ventana de tres meses para construir un entendimiento de largo plazo que blinde las exportaciones y la inversión, de cara a la renegociación formal del tratado que se avecina.
David A. Gantz, investigador del Instituto Baker de la Universidad de Rice en Texas, en un texto del 13 de agosto, titulado “La economía mexicana bajo los aranceles y la incertidumbre comercial”, analiza el cuadro arancelario del país, señalando las ventajas que tiene actualmente.
Pero también advierte que la posición ambigua del gobierno estadounidense respecto a la revisión de 2026, sumada a la práctica de modificar unilateralmente ciertas disposiciones del acuerdo, incrementa la incertidumbre, lo que afecta la inversión, además del impacto de las reformas internas hechas por el actual gobierno.
Por ello, en algunos círculos se ha planteado incluso la conveniencia de adelantar la revisión del T-MEC. La idea sería despejar las dudas antes de 2026 y anclar expectativas en torno al mediano plazo, en un contexto en que la inversión se frena por la amenaza recurrente de nuevos aranceles.
Hay también un ángulo geopolítico ineludible. Para Estados Unidos, México es pieza clave en la estrategia de contención frente a China. La sospecha de que capitales chinos usen al país como “puerta trasera” para ingresar a Norteamérica seguirá en el radar.
Esto explica el énfasis en la trazabilidad de las cadenas productivas, las reglas de origen más estrictas y la vigilancia sobre la inversión extranjera.
En la práctica, esto significa que el acuerdo estable que México pretende debiera tener tres componentes fundamentales, en los que puede haber ventajas, pero también costos:
1. Seguridad verificable, con metas medibles en decomisos y capacidad institucional en la frontera.
2. Certidumbre comercial, con respeto a las reglas del T-MEC y reducción de disputas en energía, maíz o sector automotriz.
3. Agenda trilateral rumbo a 2026, de modo que México y Canadá enfrenten juntos la revisión, fortaleciendo cadenas de suministro y energías limpias, en lugar de permitir que la revisión derive en la reapertura total del acuerdo.
Viendo algunas posiciones de expertos y de empresarios, se percibe claramente que la visión desde Estados Unidos apunta a la continuidad del acuerdo.
Pero desde el gobierno de EU, también se piensa en un condicionamiento permanente.
México sigue siendo crucial para la manufactura norteamericana, pero la certidumbre dependerá de que entregue resultados en seguridad y respalde con hechos la vigencia del T-MEC.
La pausa de 90 días es tanto un respiro como una prueba.
Si México logra amarrar un pacto creíble de seguridad y blindar sus ventajas comerciales, llegará a la revisión de 2026 con mayor fortaleza.
Si no lo hace, en Washington abundan los incentivos para volver a usar el garrote… perdón, la palanca arancelaria.