Irina, una joven rusa procedente de San Petersburgo, le enseña el nombre de la calle al taxista paquistaní que la acaba de recoger. En la pantalla de su móvil, la dirección se lee clara. El conductor no conoce el lugar y se lo hace saber. Ella y su amiga Alexandra se miran extrañadas.

– ¿No puedes poner el GPS?

– El GPS no funciona desde hace un rato en toda la ciudad de Dubai. ¿Podéis guiarme vosotras?

– No sabemos el camino de vuelta. ¿Qué podemos hacer?

– Busquen otro taxista que conozca el lugar.

Así, Irina y Alexandra comienzan a preguntar en la cola de los taxis si alguno puede llevarlas hasta la villa de alquiler en la que viven, y de paso acaban de descubrir que el conflicto comienza a afectar a su vida a niveles que no imaginaban. Desde hace tres días, Dubai ha activado un poderoso sistema de guerra electrónica, similar al que usa Ucrania en ciudades como Járkiv, para confundir los drones iraníes que impactan contra el corazón de su economía. Por momentos, el GPS indica que estamos en medio del mar y nuestro teléfono coge la hora de Irán, o sea, se adelanta 30 minutos.

Bajo el imponente Burj Califa, la aguja de cristal y hormigón de 828 metros, orgullo del emirato, se encuentran sus famosas fuentes danzantes, pero hoy no bailan ante nadie porque los turistas que debían disfrutarlas o se fueron o jamás llegaron. El Dubai Mall, un centro comercial de lujo de tres plantas, está semivacío, igual que las playas privadas de su imponente marina, igual que la zona bancaria, cerrada a cal y canto, e igual que los hoteles, que registran precios ridículos en plena temporada alta. Pero hace 14 días llegó la guerra con estrépito.

El Estado aún no ha usado alarmas antiaéreas en las calles como las que suenan en Tel Aviv o Kiev cada día, no ha querido cerrar el aeropuerto, pese a que hubo varios ataques de drones a sus instalaciones y fomenta que los negocios y empresas sigan abiertas para transmitir una sensación de normalidad. La pregunta que todo el mundo se hace aquí es hasta cuándo va a durar esa sensación y si no será una narrativa artificial, teniendo un vecino como Irán en la otra orilla del Golfo Pérsico.

Dubai derribó sólo ayer jueves 10 misiles balísticos de Irán y otros 26 drones. Uno de ellos, justo delante de su famosa bahía, a ráfagas de ametralladora de un helicóptero de combate. Los cazas patrullan el cielo continuamente y derriban con sus carísimos proyectiles aire-aire los infames Shahed 136 de Irán, verdaderas bombas volantes zumbadoras cuyo petardeo nos remite a sus gemelos rusos sobrevolando y atacando ciudades ucranianas. Uno de ellos impactó al norte de la ciudad, en mitad de un rascacielos.

Una playa vacía en la zona turística de Le Mer, ayer, en Dubai.
Una playa vacía en la zona turística de Le Mer, ayer, en Dubai.A. R.

Si salimos de la zona turística y nos adentramos en las calles de rascacielos que alojan a compañías grandes y pequeñas de todo el mundo, el tráfico aumenta (nunca a los niveles de preguerra), y se ve más gente por la calle, muchos de ellos operarios de la construcción indios y paquistaníes, que trabajan en turnos de 12 horas para seguir agrandando esta ciudad que cada año crece en más de 200.000 nuevos habitantes. O al menos eso era antes de que el zarpazo de la guerra le arrebatara esa expansión de rascacielos. Los trabajadores estadounidenses se han ido casi todos, pero los hispanoparlantes resisten aquí, algunos teletrabajando y otros incluso acudiendo a la oficina. Luis Álvarez, piloto privado de profesión y residente en Dubai desde hace nueve años, cuenta: “La comunidad española tiene una sensación de agradecimiento con el Estado emiratí por la manera en la que nos ha tratado, que es la misma que a sus propios ciudadanos. Nosotros sí hemos sacado de aquí a nuestras familias, pero unos cuantos nos quedamos trabajando”.

Otro de los españoles que sigue trabajando con cierta normalidad es Francisco Almansa, empresario inmobiliario en Dubai, que nos recibe en su oficina del centro de la ciudad: “Esta ciudad se ha construido en menos de 20 años. Todo lo que se ve desde esta ventana [señala un gran ventanal desde el que se aprecia el skyline de Dubai] era un desierto en 2009. Desde entonces ha pasado por varios momentos malos en los que los que vivimos aquí escuchábamos que Dubai se desmoronaba y al final siempre salió reforzado. Espero que en esta ocasión no sea diferente».

Dubai descubrió su bolsa de petróleo en 1966, en el yacimiento de Fateh, y empezó a exportarlo en 1969. Durante las décadas siguientes fue un ingreso importante, pero las reservas eran relativamente pequeñas. A partir de los años 90, la producción empezó a caer con rapidez y hoy el crudo representa menos del 1% del PIB de Dubai. En términos prácticos, Dubai dejó de depender del petróleo hace unos 25 o 30 años, cuando decidió convertir su economía en un centro de comercio, finanzas, turismo y aviación. Por eso su modelo económico se percibe como un sistema postpetrolero que ha sido exitoso.

“Mucha gente en Occidente odia a Dubai y ahora celebran lo que está pasando”, afirma Almansa. “Pero los que vivimos aquí tenemos ya un sentimiento de pertenencia muy fuerte”. Lo mismo opina Axel Costa, un emprendedor español que considera que “Dubai es una utopía fiscal, de inversión, de seguridad… La ciudad se basa en la confianza y la respuesta del Estado emiratí ha sido muy buena y ha mantenido el aeropuerto abierto con gran calma, haciendo despegar a 48 aviones a la hora. Eso ha hecho que muchos de los que llevamos aquí más de seis meses nos quedemos. Los que se han ido con los que llevaban menos de tres meses”.

Las autoridades están siendo cautas, pero también severas, con aquellos que graban y difunden vídeos de los ataques. Un ciudadano británico ha sido ya detenido por ello. Mientras, en las redes, influencers de todo pelaje han comenzado su particular guerra: para unos, Dubai está acabado como proyecto de negocios y centro turístico. Para otros, en unas semanas la ciudad recuperará su anterior vibración y la guerra se convertirá en un mal sueño.

La realidad, en cambio, no es ni blanca ni negra. Dubai ha sentido el golpe y muchos siguen en shock, pero su capacidad de recuperación dependerá de la duración del conflicto. Si Estados Unidos e Irán deciden desescalar, todo podría volver a su cauce, aunque la cicatriz en la percepción de la seguridad puede permanecer.

En cambio, si la guerra se alarga, el daño podría ser severo. “Estamos en el peor escenario posible y no imaginado”, afirma Francisco Almansa. “Aquí se ponían en lo peor cuando hablaban de misiles desviados o restos de drones abatidos que caerían por accidente en este territorio, pero no, los han lanzado deliberadamente contra Dubai, pese a que Dubai nunca ha luchado contra Irán pretenden acabar con nuestro modo de vida”.

El atardecer pone un filtro naranja sobre los espejos de los rascacielos. Nos acercamos a su zona de playa en busca de turistas, pero no los hay. Varios clubes con playa privada permanecen abiertos en la zona de La Mer Beach, pero sólo vemos una legión de camareros a la espera de clientes. Como está vacío, nos sugieren acercarnos a la zona pública del arenal a ver si allí hay alguien. Los socorristas pasan el rato charlando ante la falta de bañistas. El taxista indio que nos lleva de vuelta al hotel resume en pocas palabras la situación: “Todo es culpa del tarado de Donald Trump. Ahora a ver quién soluciona esto”.