Algunos empresarios de industrias exportadoras, que están padeciendo ante un peso tan fuerte, me han dicho que las autoridades mexicanas, sea Hacienda o el Banco de México, deberían intervenir en el mercado para impedir que nuestra moneda siga apreciándose.

¿Es factible que el gobierno o el Banco de México influyan de manera determinante en el comportamiento del tipo de cambio del peso frente al dólar?

Formulo esta pregunta porque algunos empresarios de industrias exportadoras, que están padeciendo ante un peso tan fuerte, me han dicho que las autoridades mexicanas, sea Hacienda o el Banco de México, deberían intervenir en el mercado para impedir que nuestra moneda siga apreciándose.

¿Es esto posible? Y, de suceder, ¿qué implicaciones tendría?

Lo primero que hay que enfatizar una y otra vez es que el comportamiento del dólar no es algo que esté ocurriendo exclusivamente en su relación con el peso mexicano. Se trata de un fenómeno global.

El llamado “índice dólar”, que mide la relación de la moneda estadounidense frente a una canasta de divisas relevantes, ha caído 10.4 por ciento en los últimos doce meses. En su cotización frente al peso mexicano, el descenso ha sido mayor: alrededor de 16 por ciento en el mismo periodo.

Esto implica que cerca de dos terceras partes de la apreciación del peso no responden a factores domésticos, sino a una pérdida de fortaleza generalizada del dólar. En otras palabras, aun cuando México no hubiera hecho nada distinto, el peso se habría apreciado de manera significativa.

La comparación con otras monedas refuerza el punto. Frente al peso chileno, el dólar ha caído cerca de 13 por ciento; frente al peso colombiano, 12.9 por ciento; frente al real brasileño, alrededor de 11 por ciento; y frente al rand sudafricano, casi 15 por ciento. Es decir, el peso mexicano no es una anomalía, aunque sí se encuentra entre las monedas que más se han fortalecido.

Desde luego, variables internas pueden influir en el margen. Un diferencial elevado de tasas de interés, un manejo fiscal que no ha detonado alarmas y flujos de inversión asociados al comercio exterior ayudan a explicar por qué el peso se aprecia algo más que el promedio. Pero pensar que las autoridades mexicanas pueden revertir una tendencia global del dólar es, en el mejor de los casos, ilusorio.

Más aún si se confirma un escenario en el que Donald Trump logra presionar o condicionar las decisiones de la Reserva Federal. Si los mercados perciben que la Fed pierde independencia y que la política monetaria estadounidense se subordina a objetivos políticos, la debilidad del dólar podría profundizarse, independientemente de lo que haga México.

Supongamos, aun así, que las autoridades mexicanas quisieran incidir en el margen. ¿Qué opciones reales existen?

El Banco de México podría intentar debilitar al peso mediante recortes más agresivos en su tasa de referencia. Si, por ejemplo, el próximo 5 de febrero la Junta de Gobierno decidiera reducir la tasa en 50 puntos base, aun cuando la Fed haya optado por mantenerla sin cambios, probablemente observaríamos una depreciación inmediata del peso.

Pero una decisión de ese tipo tendría un costo elevado. Los mercados interpretarían que Banxico está utilizando la política monetaria con un objetivo distinto al control de la inflación. La credibilidad del banco central se vería fuertemente erosionada y las expectativas inflacionarias podrían desanclarse.

Algunos dicen que el Banxico ha perdido credibilidad. Bueno, pues lo que ha sucedido sería absolutamente irrelevante respecto a lo que se produciría con una decisión como la descrita.

¿Y el gobierno federal? En teoría, podría influir mediante un mayor déficit fiscal, un aumento acelerado de la deuda o señales de relajamiento presupuestal. Pero ese camino sería todavía más riesgoso.

Cualquier percepción de deterioro mayor en las finanzas públicas encendería alertas entre inversionistas y agencias calificadoras, elevando primas de riesgo y encareciendo el financiamiento del país.

En síntesis, intervenir para “corregir” el tipo de cambio no es imposible, pero sí altamente indeseable.

El peso fuerte es, en buena medida, el reflejo de fuerzas externas sobre las que México tiene poco control. Intentar oponerse a ellas con decisiones discrecionales podría generar costos macroeconómicos muy superiores a los beneficios que algunos sectores exportadores esperan obtener.

Aceptar que el tipo de cambio es una variable determinada por los mercados no es cómodo, pero sigue siendo la opción menos costosa.

El verdadero desafío no está en debilitar artificialmente al peso, sino en fortalecer la productividad y la competitividad para que la economía mexicana pueda crecer incluso con una moneda fuerte.

Esa es una tarea mucho más compleja, pero también mucho más sostenible.