La colocación de la empresa aeroespacial de Elon Musk marcó un récord y arrancó sus cotizaciones con una valuación cercana a 1.77 billones de dólares que en la primera sesión rebasó los 2 billones.
El viernes pasado quedará inscrito en la historia financiera. SpaceX, la empresa aeroespacial de Elon Musk, se colocó en la bolsa, en el Nasdaq, a 135 dólares por acción y captó cerca de 75 mil millones de dólares.
La colocación marcó un récord, pues resultó tres veces mayor que el récord previo, la colocación de Saudi Aramco en 2019, y arrancó sus cotizaciones con una valuación cercana a 1.77 billones de dólares que en la primera sesión rebasó los 2 billones. La colocación empujó el patrimonio de Elon Musk por encima del billón de dólares y lo convirtió en el primer billonario de la historia.
Ayer por la tarde la acción subió a 192 dólares y la valuación de la empresa llegó a 2.52 billones de dólares. Increíble.
Y, mientras veíamos esa historia, que parece de ciencia ficción y que tiene múltiples implicaciones… aquí seguíamos lidiando con la CNTE.
Esa es la diferencia entre el mundo desarrollado y quienes tenemos que seguir en el subdesarrollo por los acuerdos en temas tan esenciales como la educación.
No hay opción. El futuro próximo nos va a arrollar.
Pero regresemos a la colocación en bolsa de SpaceX.
Una referencia usual en las bolsas es la relación precio/utilidad a la que la empresa se coloca.
En este caso, no hay ninguna porque SpaceX no tiene utilidad. Perdió 4 mil 940 millones de dólares en 2025 y otros 4 mil 280 millones tan solo en el primer trimestre de 2026. El múltiplo pertinente es otro: precio/ventas. Sobre ingresos de 18 mil 700 millones de dólares en 2025, la colocación implica unas 94 veces ventas.
La extraordinaria valuación de la empresa se aprecia por su comparación. El índice S&P 500 ha oscilado históricamente entre 2 y 3 veces ventas. Nvidia, emblema de la euforia por la inteligencia artificial (IA), cotiza cerca de 23 veces; Palantir, empresa de IA y análisis de datos, el múltiplo más alto del índice, ronda las 67. Ninguna siquiera se acerca a SpaceX.
SpaceX ingresa al mercado a un precio sobre ventas sin precedente entre las grandes capitalizaciones rentables del planeta. No es una acción cara: es una categoría aparte.
Si los números presentes no sostienen la valuación, ¿qué la sostiene?
Una apuesta sobre el porvenir, articulada en una integración vertical que pocas compañías pueden siquiera imaginar.
SpaceX domina alrededor del 90% del mercado comercial global de lanzamientos espaciales gracias a la reutilización de cohetes, que derrumbó el costo de acceso a la órbita.
Sobre esa infraestructura montó Starlink, ya con más de 12 millones de suscriptores en 164 países: un negocio de telecomunicaciones de flujo recurrente. Y en febrero incorporó a xAI, reuniendo conectividad, cómputo e inteligencia artificial en un mismo grupo corporativo.
El mercado no valora, entonces, a una empresa espacial. Valora una hipótesis: que el control simultáneo del transporte a la órbita, de la red de datos que la rodea y de la capa de inteligencia que la procesa, configura una posición estratégica irrepetible.
La reutilización de cohetes fue el punto de inflexión silencioso: al desplomar el costo por kilogramo puesto en órbita, convirtió en económicamente viable lo que antes pertenecía a la ciencia ficción presupuestal.
Sobre esa palanca se vuelven concebibles las constelaciones de miles de satélites, el cómputo en el espacio y una cadena logística orbital de centros de datos. Musk proyecta ingresos por un billón de dólares hacia 2030. La colocación es, en esencia, un anticipo sobre esa promesa.
Para ese futuro, se anticipan 4 lanzamientos diarios. Eso es otra cultura que ni siquiera imaginamos y que está a la vuelta.
Aquí reside lo que merece reflexión. Por primera vez, la infraestructura que definirá el siglo —acceso al espacio, conectividad ubicua, cómputo de inteligencia artificial— se concentra en manos privadas y se financia en el mercado abierto, no en los presupuestos estatales que, por ejemplo, en su momento llevaron al hombre a la Luna.
Es una privatización de la frontera tecnológica cuyas implicaciones apenas comenzamos a dimensionar: geopolíticas, regulatorias, de soberanía sobre las comunicaciones.
Cuando una sola compañía concentra el acceso al espacio, el tendido de internet del planeta y una porción creciente de la capacidad de inteligencia artificial, el mercado deja de tasar una acción y empieza a tasar un cuasi-monopolio de la próxima infraestructura crítica. Esa es la verdadera apuesta de quienes pagaron 135 dólares el viernes, y hoy ya van ganando 42 por ciento.
Conviene subrayar, sin embargo, ciertas señales de prudencia institucional. S&P rechazó acelerar la inclusión de SpaceX en su indicador insignia: sin cuatro trimestres de utilidades contables positivas, no ingresará al menos durante doce meses. Es un recordatorio de que las reglas de la rentabilidad no han sido derogadas, por más que el entusiasmo lo insinúe.
Y persiste una asimetría: Musk conserva 42% del capital, pero 85% de los votos. Quien adquiere acciones de SpaceX financia la visión sin gobernar su ejecución.
La pregunta de fondo no es si SpaceX transformará el mundo —en buena medida ya lo hizo—, sino si el mercado está pagando hoy, por adelantado, un porvenir que tardará décadas en materializarse, y a qué costo para quien llega tarde.
La historia financiera está poblada de mutaciones tecnológicas genuinas que, no obstante, arruinaron a quienes pagaron de más por anticiparlas. Que la apuesta sea civilizatoria no la convierte, por sí sola, en una buena inversión. Veremos.


