“Estoy aquí porque millones de húngaros decidieron que querían un cambio”, ha subrayado este sábado Peter Magyar en su discurso de investidura como nuevo primer ministro húngaro, a ratos conciliador y a ratos revolucionario pidiendo públicamente la dimisión de los principales exponentes del régimen anterior. Hungría ha iniciado oficialmente una nueva etapa política con la toma de posesión de Magyar como jefe del Gobierno, poniendo fin a 16 años de poder de Viktor Orban, que por primera vez no está en el Parlamento desde la recuperación de la democracia en 1990. La coalición liderada por el partido Tisza obtuvo una mayoría aplastante en las elecciones de abril, con 141 de los 199 escaños del Parlamento, pero Magyar evitó subir el tono: “No gobernaré, serviré a mi país”.
También volverá a la senda de la UE. De momento, con un gesto: la bandera de la UE volvió a ondear en el Parlamento después de que el partido de Orban la retirara en 2014 en uno de sus berrinches con Bruselas.
“El Estado contribuyó a enriquecer a una reducida élite política y económica en lugar de a sus ciudadanos”, denunció Magyar, que construyó su discurso en cuatro ejes: afrontar el pasado, hacer justicia, reconciliar y empezar de nuevo. Habló de de pobreza, sanidad, educación, déficit, corrupción y reconciliación: “Los colaboradores de Orban y la élite tienen un largo camino por recorrer hasta que rindan cuentas por sus actos”, declaró, prometiendo que su Gobierno buscaría justicia contra quienes, incluso en el último momento, intentaron “robarlo todo”:
“El pueblo húngaro nos ha dado el mandato de poner fin a décadas de deriva”, dijo Magyar. “Nos han dado el mandato de abrir un nuevo capítulo en la historia de Hungría. No solo de cambiar el Gobierno, sino también el sistema. De empezar de nuevo”. Ahí fue cuando se refirió a “quienes sirvieron al régimen anterior”, que “deben dimitir a más tardar el 31 de mayo”. Incluso mencionó por su nombre al presidente de la República, Tamas Sulyok: “Señor presidente, es hora de que se vaya con la cabeza bien alta, mientras aún pueda”, dijo Magyar, que denunció que Sulyok no alzó la voz contra la comunicación política de odio ni la propaganda de guerra financiada con dinero público. Fuera del parlamento, la arremetida de Magyar fue recibida con vítores entusiastas.
La jornada tenía una fuerte carga simbólica: Magyar promete acercar de nuevo el país a la Unión Europea, desbloquear fondos europeos congelados y desmontar parte del sistema institucional levantado por Orban. Entre sus primeros gestos figuran la vuelta de la bandera europea al Parlamento, una reforma de los medios públicos y auditorías sobre posibles abusos del anterior Gobierno. En ese capítulo trató de buscar un equilibrio: no puede haber un verdadero cambio de régimen sin justicia, pero la reconciliación no puede existir sin confrontación
También criticó duramente al Gobierno orbanista. Cree que la ausencia de los líderes del gobierno anterior en la sesión inaugural de la Asamblea Nacional era “una clara muestra del ejercicio del poder sin consecuencias”. Según Magyar, heredaron un “país devastado” donde tres millones de personas viven en la pobreza, se ha generado un grave déficit presupuestario, el sistema sanitario está desangrado y los húngaros viven, en promedio, cinco años menos que la media europea. Pero “lo sucedido no es culpa del pueblo húngaro”. Según Magyar, el gobierno anterior enfrentó deliberadamente a los húngaros entre sí, y el precio de la división lo pagó, en última instancia, toda la sociedad, independientemente de su afiliación política.
De cara al futuro, anunció que una de las primeras medidas del nuevo Parlamento será la creación de la Oficina Nacional de Recuperación y Protección de Activos. Magyar prometió que “el dinero público volverá a ser dinero público” y anunció una política económica en la que el Estado rinda cuentas de los activos que se le confían y las inversiones respeten la salud de las personas y el medio ambiente. También habló de recuperar fondos de la UE y reconstruir las relaciones internacionales de Hungría.
En Budapest, la investidura se vivió como el final de una era. En las afueras del parlamento hubo un ambiente festivo toda la mañana. Magyar pidió a la población que no se alejara de la vida pública incluso después del cambio de gobierno: “Escúchennos, exíjannos responsabilidades”, dijo, y animó a los húngaros a criticar al nuevo gobierno y a no dejar a los políticos solos en sus asuntos políticos. Fuera del parlamento, Adam, de 26 años, aplaudía el cambio de era. Con 26 años, apenas recuerda nada salvo Orban: “Espero que Magyar acabe con la corrupción, qu el dinero sea para los húngaros, no para los que quieren robarlo”.
El nuevo ejecutivo afronta una carrera contrarreloj para aprobar reformas en justicia y medios antes del verano con el objetivo de recuperar miles de millones de euros retenidos por Bruselas. Magyar mantiene, sin embargo, posiciones duras en inmigración y no prevé alinearse plenamente con la UE en ese terreno. Pero como guiño a la pluralidad, al final del acto se interpretaron varios himnos en homenaje a la pertenencia de Hungría a la UE, a su numerosa minoría romaní y a los húngaros étnicos de los países vecinos.
Tras años de hegemonía de Fidesz, la victoria de Magyar ha abierto expectativas de cambio político rápido y de revisión del modelo de poder construido por Orban desde 2010: “Los húngaros le han enseñado al mundo que la libertad no es un sustantivo, sino un verbo”, dijo en su alegato. Magyar también ha declarado que suspenderá las emisiones de noticias de los medios públicos tras asumir el poder, acusando a los medios estatales y a los medios afines a Orban de ayudar al antiguo líder a mantenerse en el poder mientras daban poco tiempo en antena a los críticos. Queda por ver cómo reaccionarán ante el cambio los numerosos leales al orbanismo en los medios de comunicación, la empresa y el poder judicial.


